Metamorfosis. Pilar Quirosa

METAMORFOSIS
(Versión Posivídeo)
Un día soñé con alcanzar
tardíos añiles de alborada,
con levantar la vista
hacia lejanos mares ignotos
y navegar por sus aguas.
Hoy como ayer, dríade Daphne
alcanzando el horizonte,
lejos de la tiranía del abrazo,
de las huellas atrapadas
en la tortura del camino.
Llamando a la yedra
por su nombre,
para que contemple mi sangre
recién amanecida.
Ahora que brota la savia
acompasada de latidos,
lejos del tortuoso lago
gris de la inmundicia.
Hoy, al fin,
donde fluye la vida, donde alcanza
la certeza del árbol,
convertidos los cabellos en hojas,
los brazos en ramas,
los pies en raíces.
Hoy, a tu lado estoy,
ninfa de los árboles, hija de la tierra,
por siempre un capítulo enterrado,
un espacio de libertad compartida.

Ficción Perpetua. José Antonio Santano

 

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Título: Ficción perpetua
Autor: José María Merino
Edita: Menoscuarto (Palencia, 2014)

Libro de libros podríamos definir a Ficción perpetua, del escritor y académico José María Merino. Con una cuidada edición y en la colección Cristal de cuarzo, dirigida por Fernando Valls, Menoscuarto nos proporciona, una vez más, la posibilidad de disfrutar de un ensayo literario de extraordinario valor, en el que la observancia de la realidad literaria actual, junto al estudio de las obras esenciales y la opinión sobre otras cuestiones, tales como la enseñanza de la lengua y la literatura, a través de las conferencias pronunciadas por su autor, alientan su lectura.Ficción perpetua es un ensayo literario de hondo calado, consecuencia no sólo por la atenta mirada del gran escritor contemporáneo que es su autor, sino, y esto sea quizá lo más importante, por el ávido y exigente lector que demuestra ser, razón de peso esta si tenemos en cuenta que late en todas y cada una de sus páginas la curiosidad y el continuo deseo de saber a través de los libros, persuadiéndonos así de la importancia del libro –de la lectura- en la vida de los seres humanos.

Aunque a José María Merino (La Coruña, 1941) se le conoce más por su faceta de escritor de cuentos, relatos o novelas, este libro viene a revelarnos que también Merino es un excelente ensayista, capaz de hipnotizarnos con sus profundas reflexiones sobre todo lo relacionado con el libro, la lengua y la literatura, y más concretamente sobre el cuento como género literario marginal. 

 Divide José María Merino Ficción perpetua en dos bloques temáticas o partes fundamentales. En la primera, titulada “En el país de todos los libros”, reproduce textos de las charlas o conferencias llevadas a cabo a lo largo de dos décadas. Del contenido de esta primera parte destacaría artículos tales como “Diez jornadas en la isla”, donde Merino náufrago recupera algunos de los libros más importantes en su vida (diccionarios y enciclopedias, Heidi, El Quijote; la poesía de Bécquer, Rosalía de Castro, Darío, A. Machado, Rojo y Negro, , etc.); “Una identidad desatada”, que plantea el problema de la lengua española: empobrecimiento léxico, ensimismamiento en las particularidades regionales, el alejamiento de las nuevas generaciones de la palabra escrita en los libros –idea del libro como instrumento arcaico-, “El cuento de contar”, que pone el acento en la importancia de la literatura oral, “Los límites de la ficción”, (metaliteratura, la ficción en la ficción, metaliteratura y realidad), “Las miradas de la invención novelesca”, “Tres reflexiones quijotescas”, en el que explica la razón del éxito de El Quijote, que considera un clásico «porque a los lectores contemporáneos nos siguen interesando y conmoviendo las aventuras desastrosas de sus personajes, y dándonos ejemplo de lo que es vivir y lo que es soñar», o, “Cinco reflexiones sobre la lectura”, texto con el que Merino, a partir de su propia experiencia y vivencias nos acerca al universo mágico de la palabra escrita; en ella hallamos razones y sensaciones, porque la lectura es un viaje hacia mundos desconocidos y misteriosos. De ahí que se afirme: «Los libros mueren cuando ya no encuentran en el lector el eco de una emoción directa en los estético y en lo vital», o, a modo de conclusión: «Muchos creen, todavía en la falacia aristotélica, que solo en la Historia está el archivo seguro de nuestras circunstancias, pero el más certero registro de lo que caracteriza a la especie humana, donde verdaderamente se encuentra la historia de nuestro corazón a lo largo de los milenios, es en la literatura, constituida desde la capacidad simbólica que nos identifica. Leer nos da acceso al gran espacio de la imaginación reveladora: el país de lo que somos, el territorio de lo que sentimos».

La segunda parte, “De autores y ficciones”, contiene artículos publicados en diversas revistas literarias, en los que trata unas veces la obra de autores clásicos (Dikens, Maupassant, Potocki, Menéndez Pelayo, Chéjov, Unamuno…) o sobre la narrativa actual española. En cada uno de estos artículos hallará el lector algunas de las claves que han hecho que obra y autor estén en un lugar destacado de la literatura universal. Ficción perpetua viene a ocupar el lugar que merece dentro del género ensayístico y José María Merino, su autor, nos devuelve la esperanza en la literatura como fuente inagotable de vida.

Menos joven, de Rubén Martín Giráldez. Miguel Gallego

Una novela sobre padres e hijos
 y todo lo contrario 

 

Creo que fue en algún libro de Piglia donde leí la historia de Lucía Joyce, la hija psicótica de James Joyce. Su padre le llevó los escritos de su hija a Carl Jung, que había publicado un largo ensayo sobre Ulysses y conocía bien su imaginación lingüística y novelesca. El monstruo indomable de la novela del siglo XX andaba por entonces metido en la redacción de Finnegans Wake, una novela psicótica que nadie ha leído, demasiado parecida a los textos de su hija. El diagnóstico de Jung sobre Lucía se ha convertido en una frase célebre, un tópico de las transmisiones a las que pueden llegar las peligrosas relaciones entre padres e hijos: “Allí donde usted nada, ella se ahoga”.

                Lucía Joyce es uno de los personajes, uno de los ídolos de la alta cultura, que aparece en esta novela pedagógica y demente de Rubén Martín Giráldez. También es una calcomanía de agua, pero eso será algo que descubra quien tenga el libro en sus manos (una edición artística y muy cuidada del sello Jekyll & Jill). Menos joven es la historia de una educación al revés. Una serie de monólogos  logorreicos sobre las virtudes de la educación salvaje y las posibilidades de salir del lenguaje postural de la cultura. Algo así como si Hofmannsthal y Wittgenstein se encontraran desnudos metidos en una jaula, como si la civilización hubiera sido una pesadilla. Ahí están, de fondo, grandes padres como el tierno Gargantúa o el enciclopédico Walter Shandy, además del ya mencionado padre de la novela experimental moderna, el padre de Lucía Joyce. También Montano y su mal, pero al revés.

  • Nº de páginas: 128 págs.
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Editoral: JEKYLL & JILL
  • Lengua: CASTELLANO
  • ISBN: 9788493895075
  • 10363 libro de Narrativa española

He leído el libro de Martín Giráldez como el lector que soy: un lector que llena los libros de anotaciones, subrayados, diagramas, referencias, mapas y dibujos. Como las pizarras de mis clases. Un crítico actual diría que leo “como me sale de la polla”. Sí, muy bien. Yo soy más clásico, menos joven, y diría que leo dentro de la historia literaria porque no sé leer de otra manera y porque no me sale de la polla leer de otra manera. La historia literaria, para entendernos, era eso que le interesaba a Bolaño, algo que a nadie parece importar ya, que no se sabe para qué sirve, pero que todo el mundo más o menos conoce gracias al concurso Saber y Ganar. 

Como soy menos joven he aprendido mucho de los libros que escribió un tal Claudio Guillén, que a su vez había leído a un ruso desterrado en Siberia llamado Mijaíl Bajtín, un friki interesado por la transición de la Edad Media al Renacimiento en las letras europeas. En esos libros aprendí cosas que no sirven para nada, cosas como la siguiente: hay épocas o escritores, por ejemplo Virgilio, Petronio, Cervantes o Joyce, en que la saturación de modelos fundamenta una crisis creadora, y, por tanto, no hay literatura sin aceptación, realización, transformación o transgresión de los modelos.

                Es más, todavía puedo ser más jodido y molesto, leo una novela sabiendo que antes se han escrito muchas novelas, es decir, leo sabiendo que existe la historia de la novela. Por tanto leer la novela de Martín Giráldez es como pasar de una temporada anoréxica a un periodo de gusto por lo curvy. Es decir, que me lo he pasado teta leyéndola. Porque  Martín Giráldez también conoce, y además parece que muy bien, la historia de la novela. Bernhard y Gombrowicz son sus guías en el infierno de la lengua novelesca. También el sombrerero loco. Thomas Bernhard, el austriaco, por la verborrea, por el incesante movimiento de la lengua, por una lengua que parece que se hace líquida, que fluye como fluyen los ríos de semen en una orgía, o se expande como se expande el cabreo ciego en un día de ofuscación y furia antes de asistir a una reunión de antiguos alumnos del colegio. Witoldo Gombrowicz, el polaco y medio argentino, por la infinita capacidad de invención y creación de neologismos, por el gusto inmaduro por las combinaciones semánticas, por la inmadurización de los significados y las formas heredadas. Otro guía es el sombrero loco o Johnny Deep en varias de sus encarnaciones, pero eso ya no sería historia de la literatura. O sí, vete tú a saber.

El asunto es como sigue: el padre de Bogdano, que ha confundido realidad y trabajo, concibió una vía pedagógica para sus hijos que desarrolló en las llamadas «siestas del despotismo», también llamadas «siestas fundacionales», o «siestas revolucionarias». Esa «educación híbrida» consistió en un constante dar gato por liebre: cambió las cubiertas y las portadas de los libros para así leer Raíces como si Bogdano y su hermano estuvieran leyendo Los papeles póstumos del club Pickwick, o leer las novelas de Pearl S. Buck creyendo que estaban leyendo las obras completas de Hölderlin. El objetivo del padre de Bogdano era loable: proteger a sus hijos del contacto con los grandes, evitar que crecieran convencidos de pertenecer a una aristocracia de las artes, las letras y el pensamiento. El padre de Bogdano es la viva imagen del enemigo de la pedagogía elitista, antiorteguiano como él solo. El asunto es que Bogdano, habiendo sido instruido en la mistificación premeditada de su padre, participará en un concurso radiofónico en una época posterior a la electricidad. Un concurso llamado El peinado de Calígula que consiste en perseguir y derribar ídolos, ridiculizarlos, cabalgarlos y domarlos. El problema es que nadie es quien parece, todo está confundido de tal modo que da igual si el ídolo es Lucía Joyce o Kim Basinger.  Antonin Artaud y su Heliogábalo  se confunden  con Billy Warlock y la película por él protagonizada, Society, una película de terror serie b de los ochenta dirigida por Brian Yuzna que he vuelto a ver estos días (esta frase es fundamental ya que en realidad la he visto por primera vez, pero ya sabéis que este de la cultura es el reino por excelencia de la impostura y esa frase: «la he vuelto a ver» o «la he revisitado» es una de las favoritas de todo enterado).  El caso es que los concursantes y el presentador van montados a caballo.  Todo en El peinado de Calígula es un poco abstracto, hay que imaginar, hay que fantasear con esa continua persecución de mitos culturales y las humillaciones a las que son sometidos. Como en Society, la película que he vuelto a ver y os recomiendo, parece que detrás de todo hay una generalizada y siniestra lucha de clases, o de especies, en la que los ricos se comen a los pobres.

Menos joven sería lo que un crítico cultural llama «artefacto narrativo». Yo, que pienso y leo desde la historia de la novela, creo que Menos joven es, además de algo muy especial en el panorama de la literatura en español actual, una apuesta ciega por el lenguaje y su capacidad de descubrimiento y renovación. La queja frente a lo heredado y la responsabilidad frente a la transmisión. De eso se trata. Como si la relación entre padres e hijos siempre estuviera marcada por la lucha de idiomas: el lenguaje directo de Tony Soprano y las evasivas paranoicas de A. J. en Los Sopranos, o Walter White intentando engañar o entender a su hijo Junior-Flynn con una minusvalía cerebral en Breaking Bad. Yo mismo, no sabiendo si enseñar «valores» o iniciar con mi hijo un curso acelerado de cinismo. Un problema de lenguajes, como  esa inmortal conversación sobre la lluvia entre el protagonista de White Noise de Don Delillo y su hijo adolescente.

«No tengas más de uno o dos miedos; no se puede tener más miedos que padres», es una de las consignas del narrador desbocado de Menos joven. Nuestros miedos tienen mucho que ver con el sentido y el sinsentido que nos rodea. Hablando del Japón, Barthes recuerda que en Occidente atacar el sentido es esconderlo o invertirlo, pero jamás ausentarlo como sucede en Oriente. De modo que aquí el sentido siempre está al acecho. En nuevas siestas revolucionarias en las que los niños seguirán aprendiendo a nadar donde los padres se ahogan. Y viceversa.

Miguel Gallego Roca.

La Universidad del Desierto

universidaddeldesierto.blogspot.com/


Código de la niebla. José Antonio Santano

Vuelve la poesía a este particular salón de lectura, y lo hace de manos de un poeta cordobés, Alfredo Jurado, cofundador, junto a las poetas Encarna García Higuera y Soledad Zurera, primero, y luego con Antonio Varo y Pilar Sanabria, del grupo Astro.Desde la fundación de este grupo poético allá por la década de los ochenta se han sucedido los poemarios de Alfredo Jurado (Mar de Liturgias, Mester de Amante y Paraíso Perdido, entre más de una decena de títulos), hasta hoy, que de nuevo nos llega su singular voz poética con el poemario «Código de la niebla». La poesía cordobesa ocupa un lugar destacado en el panorama actual de la poesía andaluza en particular y española en general, desde los más experimentados, como es el caso de los ya citados y también de otros poetas más jóvenes como Juan Antonio Bernier, Francisco Onieva, Antonio Luis Ginés o Joaquín Pérez Azaústre, del que nos ocuparemos próximamente.

«Código de la niebla», consta de dos partes: El cuaderno del aire, con veintiún poemas, contando el que da título a esa parte, y, Quemar las naves, con diez. El poeta, desde el primer momento declara y manifiesta, a modo de proemio, cuáles son las claves de ese primer bloque de poemas titulados «El cuaderno del aire», y así escribe: «Cuando era tan sólo adolescente, / entregaba mis tardes en lecturas; / en ellas descubriera personajes fantásticos; / algunos fascinantes, pero otros / me hicieron sentir miedo». 
En esta especie de declaración programática nos adelanta el poeta el discurrir de los veinte primeros poemas del “Cuaderno del aire”. Y ciertamente, comprobamos que los seres fantásticos, tomados de las lecturas adolescentes y que toman vida en estos versos, de manera que los personajes de la mitología griega (Glauco, Dríope…), fenómenos naturales (Simún, Perseidas…), monstruos marinos (Manatíes, Caribdis, Leviatán…) o paisajes concretos como “Los baños de Popea, conforman un corpus en el que la evocación y los recuerdos de la adolescencia producen en el poeta ese sabor agridulce de lo sentido en el pasado y de lo recreado ahora, después del tiempo transcurrido. Y todo hasta el punto de afirmar: «Por morir de algún modo, / moriré de tristeza cualquier tarde de invierno». Es ese sentido trágico de la vida una vez hecho verso, ese que siempre aflora en la poesía andaluza, y que en Alfredo Jurado pervive todavía. También la segunda parte, titulada «Quemar las naves» nos muestra las intenciones del poeta, su vuelta a los orígenes, al alumbramiento primero, a la vida: «Un día me alumbraste, cuando el tiempo de Marzo / alzaba su estandarte de luz en las paredes; / cuando el musgo en las tapias perdía su fragancia; / Cuando quiso la luna, con su fanal de plata / trepar al campanario, cuando el reloj marcaba / las once de la noche. / Algún gallo anunciaba su canto a solanares». Asumir que no hay vuelta atrás y hay que seguir avanzando, perseguir los sueños hasta darle alcance, escribir sin descanso, al límite, como si fuera el día último. El poeta consigo mismo, al calor de los sentidos, en los silencios de la noche y sus fantasmas.
El poeta en su propio abismo, solo y vivo en la luz de la poesía, entregado a la naturaleza, desnudo y libre, cuerpo y alma: «Es el alma una isla que flota en el silencio», humano ser, la vida: «Es la vida aquel río con múltiples meandros, / liturgia sacratísima que embriaga la consciencia, / es árbol a la orilla de un estanque / la nieve que declina lentamente la cumbre. / Es beso de la madre en el recuerdo, / la honda cicatriz que te deja su ausencia…». Siempre de vuelta el poeta al «paraíso perdido» de la infancia. Solo una objeción, a corregir para futuras ediciones, los continuados errores, tanto tipográficos (los más) como ortográficos (los menos). Salvando esta cuestión, hallamos en «Código de la niebla» al poeta de siempre.
Título: Código de la niebla
Autor: Alfredo Jurado
Edita: Aula de Cultura Astro
 (Col. Astrolabio, Córdoba, 2013)