Mes: septiembre 2014
El Caridemo. Revista científica y literaria (Almería). María Isabel Giménez Caro
PROSA NOVELESCA EN «EL CARIDEMO» (1847-48) y «EL DESEO» (1844): DOS REVISTAS ROMÁNTICAS ALMERIENSES
Autores: María Isabel Giménez Caro
Localización: Boletín del Instituto de Estudios Almerienses. Letras,
ISSN 0211-7541,
Nº 14, 1995 , págs. 43-62
Tapa blanda: 253 páginas
La torre Opalina. Álvaro Martín Fuentes
LA TORRE OPALINA

En el bosque de Nórtthan, al norte, nunca se han posado las estrellas, pues las cerradas copas de sus árboles, cuyas hojas en manto encierran la tierra, impedían a los rayos del sol y las lunas penetrar por ellas y besar su suelo. Era, por tanto, un bosque preñado de tinieblas, de invisibles caminos y putrefacta naturaleza.
Bien lo sabían Elios y sus hombres, quienes deambulaban tras la guía de siete antorchas que parecían alimentarse de aquella oscuridad húmeda y asfixiante. Llevaban varias semanas recorriendo el silvoso bosque, sin descanso, desnutridos y famélicos, respirando un aire cargado de vapores fantasmales y psicodélicos. Siete hombres de entre 23 y 60 años, cuya misión consistía en encontrar la torre opalina ─una construcción casi tan antigua como el mundo─, en la que había oculto un singular tesoro; no de oro ni de plata, sino tallado en cuarzo de ágata. Un prisma multicolor con forma de pirámide que cabía en la palma de un niño. Era la llave; la pieza complementaria para abrir un portal mágico capaz de transportarte al sitio que pronunciaras antes de atravesarlo.
Ellos conocían el riesgo y las dificultades de la empresa. Otros hombres ya la habían acometido mucho antes. Pero escasos volvieron con vida y, si lo hicieron, fue con las manos vacías. Aun así estaban dispuestos a emprender esta aventura que Lumarga les encomendó. Ella era la bruja más poderosa de la época. La peor enemiga del Reino de los Hombres.
Lumarga necesitaba ese prisma irisado. Con él activaría aquel portal que podría, incluso, conducirla hasta los mismísimos aposentos del rey, si quisiera. Magna era su ambición, fuerte su ira, emponzoñada por la sed de venganza que por el rencor se incentiva. Tras tantos intentos, esta vez no fallaría; ninguno de los anteriores impedimentos lograría detenerla.
Para tal fin, entregó a sus secuaces una serie de armas, objetos y artilugios mágicos, con los que asegurar el triunfo de la misión y la pronta ostentación del prisma entre sus manos huesudas.
Ciertamente, aquellos atributos les sirvieron, ya que cientos y más fueron los desafíos y las adversidades que afrontaron día tras día, jornada tras jornada (y mucho estaban durando…).
Hombres de buen fondo, corazones valientes y honorables ─a pesar de todo lo que de ellos se diga─; hombres sin hogar, hombres sin tierra que laborar, padres pobres, padres sin oficio, padres sin comida para sus hijos, encargados de alguien enfermo, individuos con grandes necesidades, cuyas responsabilidades pesaban más que el miedo o el peligro que los rodeaba.
Con una cantinela constante, cada miembro del grupo alternaba, en enumeración, la razón por la que allí estaba. Lo hacían para reavivar sus instintos y adormilados sentidos, motivarse y luchar contra la indómita tenacidad del terreno y los elementos, que en todo momento los invitaban a desfallecer. Iban por orden, empezando por su líder llamado Elios:
─¡Porque muchos afirman que ya he perdido mis facultades y que no soy el paladín de antaño! ─Dijo Elios; el mayor de los siete. Guerrero de barba canosa hasta el pecho, vestido con ligera armadura y una espada a cada lado de la cintura.
Su atributo mágico fue bañar dichas armas en un ácido ─inapreciable a simple vista─ que las hojas absorbieron. Al adquirir su virtud corrosiva, las espadas podían derretir cualquier material sólido con el que colisionaran. Eso le permitía cortar con facilidad los troncos y ramajes para abrirse camino en la espesura; por lo que él encabezaba el grupo.
─¡Por mis dos hijas ─siguió Grínkel─, heridas por el dardo de la enfermedad! Que sin medicina las habré de enterrar.
Éste era algo calvo, pero de largas patillas; que además de emplearse bien con la espada, cargaba una portentosa ballesta a la espalda. Casi siempre estaba tristón, ausente, y daba la impresión de ser un individuo convenido. A él le fue entregado un atributo iluminador: un frasco de agua de luna, que luce sólo cuando no hay sol y repele a los seres que odian la intensidad con que fulgura.
─¡Por mi mujer y mis hijos, que no son pocas bocas que alimentar!, yo no soy tan elocuente. ─Dijo Pellio, con ese carácter soso que tanto lo caracterizaba. Un hombre aburrido, de vientre, el mejor dotado, por ello acusado de ser quien dejó sin comida a su familia. Sin sangre en los andares, hábil, no obstante, pero sólo cuando estaba en apuros. Había recibido por atributo una bolsita de polvos antiflujos. Con ellos se podía solidificar cualquier sustancia fluida, viscosa, a saber: fango, charcos, arenas movedizas, entre otros; que como bien sabía Lumarga, rebosaban por todo el bosque de Nórtthan.
─¡Yo vengo en busca de la recompensa que me permita forjar un futuro exento de más aventuras como ésta! ─Dijo Saédor, hijo de Nareo Saedos. Se parecían mucho en el físico: pelo largo y rizado, oscuro como sus ojos; eran altos, delgados y de miembros fuertes.
Del grupo, Saédor era el más joven e insensato, aunque no por ello menos obediente y fiel a su líder, a quien admiraba con pasión y esnobismo. ¿Y qué mejor atributo pudo ofrecerle Lumarga que una brújula de bruja o brújuda, para encontrar el camino de vuelta?
─¡Yo vengo para evitar que maten a este insensato, mi único hijo! ─Ése era Nareo. Un hombre intachable, de los más honorables con los que Elios se había topado y junto al cual hubo luchado, tiempo ha. Mucho le costó a Elios convencerlo de que viniera; de ahí que éste cautivara primero a su hijo Saédor (no siéndole difícil), con lo que Nareo no tuvo más remedio que acompañarlos.
Siempre ejemplar, Nareo rehusó aceptar el atributo de la bruja; primero, porque no se fiaba, y segundo, porque hacer tratos con las de su especie se condenó con la muerte en otra época (su juventud). Sin embargo, de entre todas las cantimploras que Lumarga les entregó, la suya contenía un encantamiento fortalecedor en el agua, capaz de doblar la fuerza y la resistencia de quien la tomara.
─Yo sólo espero que encontremos esa maldita torre antes de que se nos pudran los pies con este lodo ─dijo el sexto en un murmullo─. ¡Por los cerdos y vacas que heredé de mi padre y éste de mi abuelo! Que sin tierra o dinero no tendré para darles grano o ramoneo─. Se llamaba Mayus. Un tipo simpático, musculoso y diestro en todas las armas, sobre todo con las dagas y cuchillos, sin olvidar su gran mandoble, de nombre Aurora.
Lumarga le prestó a su preciada mascota: un corbrejal, semejante a un gran buitre, que lo ayudaría cuando surgiera el peligro. Desde el principio del viaje, Mayus lo liberó para que volara sobre el techo del bosque, en busca de la torre opalina.
─¡Yo estoy aquí porque le debo dos o tres favores a Saédor, mi amigo de siempre; favores que con gusto verá cumplidos ─terminó diciendo Aréstel. Tenía cuatro años más que Saédor. Su vida había sido difícil, sin familia ni pareja con quien formarla. Nareo lo acogió de niño y, por ello, Aréstel y su hijo eran inseparables; pero a diferencia de Saédor, Aréstel aprendió a valerse por sí mismo. Era mucho más serio y competente, más astuto e inteligente; quizá porque en su primera niñez pasó hambre y la necesidad agudiza el ingenio. Lumarga le dio el atributo más poderoso: siete turmas de salamandra de fuego, cuya magia prende en llamas cualquier cuerpo al estrellárselas encima, así esté compuesto sólo por agua.
Mejor habría sido ir en silencio por aquel bosque siniestro, pues a su paso iban despertando a las alimañas que habrían preferido bien lejos. Ya se habían enfrentado a un gigante ermitaño, una manada de toros del musgo, y a tres arpías jinete; por no hablar del inesperado encuentro con una rana enorme que decía llamarse Baseligas. Llevaba una capa de terciopelo rojo, con festones de hilo dorado, exhibiendo una corona sencilla y apoyándose en un cetro de cristal granate.
Casualidad o no, el batracio se había topado de frente con el grupo. Y mágico como era, Baseligas les habló sin dilación, pues, además de sabio, también era un excepcional cotilla.
─¿Adónde van ustedes, caballeros aguerridos? ¿Tal vez de caza?, ¿tal vez perdidos por atrevidos?, ¿quizá estén buscando los tesoros que en Nórtthan yacen escondidos?, ¿o, quizá, os persigue la muerte, pues os veo agotados y transidos? ─Recitaba Baseligas, más que preguntar, mientras los miraba con sus enormes ojos fijos.
─Venimos en busca de la torre opalina ─contestó Elios─. El tesoro que allí se guarda es lo que queremos y por lo que hemos viajado durante semanas, desde muy lejos, y nos hemos enfrentado con dignidad a serios peligros. ¿Quién sois, honorable sapo?
─¡Por mis ancas! No soy sapo, ¡soy rana! ¿Y quién soy yo? Hace siglos que nadie me lo pregunta: soy Baseligas, el habitante más antiguo de este bosque inmenso; el rey de los batracios me llaman. Pocos ojos humanos me han visto, y menos aun son aquellos que yo haya visto por vez segunda.
─Entonces, sabréis dónde queda la torre de los mil colores ─dijo Elios, eufórico.
─Sí. ─Contestó Baseligas secamente.
─¿Por dónde, por dónde es, qué camino elegimos?, díganos el rumbo, se lo rogamos, ¡oh, majestad anfibia! ─Preguntó el joven Saédor con impaciencia.
─Hace mucho que no me acerco a ese sitio maldito ─dijo Baseligas─; por nada del mundo os acompañaría y mi consejo es que marchéis en sentido contrario. No se hacen una idea del peligro que correrán. Allí, bajo las aguas subyacen los caminos, el hedor envenena los pulmones y dormida espera la muerte. Las armas de los Hombres allí no sirven ─incluso, rara vez la magia─, y a menudo, la razón se desliza en las alturas confundiéndose con la locura.
─Portamos armas mágicas, no simples espadas; serán combinación suficiente, estamos bien preparados, usted descuide. Ya nos hemos enfrentado a varias bestias por el camino. ─Baseligas frunció el ceño con mirada escéptica, mientras les decía: ─No seré yo quien impida vuestro ambicioso propósito.
La rana dio un salto a un enorme tronco tumbado, recubierto de verdín, y golpeando su cetro contra la corteza, desató un chorro de luces y estelas rojas que se unieron en una sola centella con forma de ardilla.
─Seguidla y ella os mostrará el camino ─dijo Baseligas, justo antes de desaparecer.
Los hombres corrieron tras la centella, resbalando y tropezando cada dos por tres. Ya se apreciaba un ápice de claridad procedente del día. No obstante, seguía estando oscuro y mucho cuidado debían tener con las espinas, los aguijones, los colmillos deletéreos, los embriagadores aromas de las flores ─que desprendían somníferos─ y otras tantas plantas carnívoras.
Hasta que al fin la encontraron.
Entre una exuberante vegetación selvática surgió un claro; que a pesar de la ausencia de árboles no estaba vacío, pues lo que encontraron fue una pequeña laguna, en cuyo centro se erguía el colosal monumento, imponente y simétrico. La torre, en sí, era un descomunal cristal de ópalo precioso, con tres paredes rectas, tan verticales y lisas, como la mirada de los siete hombres al intentar vislumbrar la cumbre que se alzaba treinta y siete metros hacia el día. Uno a uno, los siete se metieron en las profundas aguas de la laguna y nadaron para cruzarla.
De repente, Grínkel gritó aterrorizado por lo que encontró en una de las orillas: un ser monstruoso, con un cuerpo alargado de piel lisa y brillante, coloreada de amarillo y varias franjas rojas; en cada extremidad tenía aletas de pez, pero se parecía más a una gran babosa como las que reptan los mares, llamativas y hermosas. Grande y lustrosa; daba la sensación de tener la carne flácida. Su cabeza abombada sólo tenía ojos, eso sí, unos enormes globos oculares que casi le ocupaban toda la cabeza; ahora bien, estos eran blancos y velados, como los de una libélula ciega. No se movía, parecía estar muerta, sobre todo por la mucosa purulenta que secretaba y la peste que despedía, peor que el pescado podrido.
Rápidamente, todos salieron del agua, ya a los pies de la torre. Entonces Nareo agarró una piedra, ─preparaos por lo que pueda pasar a continuación… ─Los demás desenfundaron las armas al instante y, temeroso, Nareo se la tiró a aquella cosa extraña, que no se inmutó.
─Bien. Si estuviera durmiendo, esa pedrada la habría despertado, sin duda ─dijo Nareo.
─De acuerdo. ¡Pues todos a buscar la entrada! ─Ordenó Elios.
Sin embargo, no hallaron puerta o trampilla por ningún lado. Hasta que Aréstel los llamó con apremio: ─¡¡Aquí, aquí!!
Él les señaló unas inscripciones esculpidas en la pared, que unos helechos habían ocultado durante décadas.
Las marcas indicaban una entrada superior, a la que se llegaba subiendo por unos huecos que la pared presentaba en una de sus tres esquinas. Huecos donde sólo cabían manos y pies. El grabado también mostraba a la insólita criatura devorando a varios hombres que caían desde arriba… pero no sólo había una, sino varios ejemplares muy bien detallados. ─¿Cómo se los comían si no tenían boca? ─Se preguntaban.
─Pues vamos, debe de ser por aquí ─dijo Elios. Y efectivamente, en la esquina más afilada estaba la subida. De ese modo, fueron ascendiendo sin demasiado problema, aunque ninguno se libró del acosador temblor que la altura infería en sus músculos tensos.
Esfinge dorada
Pellio fue el primero en llegar y ya se estaba quejando: ─¡Agg, qué asco! ¿Qué es esta guarrería?
─¡Termina de subir y lo sabremos todos! ─Lo reprendió Grínkel, que nunca hablaba, pero cuando lo hacía…
Una vez que todos estaban arriba, coincidieron con Pellio. Una sustancia oleosa ─mezcla de agar y aceite─ barnizaba el suelo de la cima; sustancia que se les pegó en las manos y luego en los pies. Lo peor era que no había forma de quitársela. Se restregaban en sus ropajes, la armadura, y nada. Aquello sólo agravaba el efecto, pues la sustancia parecía estar elaborada por alguien que pensó en todo; alguien que no los quería allí arriba, que embrujó el poderoso ungüento para que volviera a aflorarles en las manos cuando se las limpiasen.
A diferencia del resto, Aréstel evitó el error de los demás, al ir el último, apoyando los codos en lugar de las manos.
─¡Maldición! ─Se quejó Grínkel─. Ahora no podemos bajar por el mismo sitio, se nos escurrirán los pies y las manos.
─Es cierto ─dijo Elios─. Más nos vale no tropezar. ¡Intentad no perder el equilibrio!
─Pues luego habrá que saltar desde aquí a la parte más profunda de la laguna ─dijo Pellio.
─No será necesario ─contestó Mayus─. El corbrejal de Lumarga puede transportarnos sobre sus alas.
─¡Ah, bien pensado, excelente, sí, es verdad! ─Gritaban unos y otros.
Así fue que, con el júbilo, Nareo descuidó un paso y resbaló con estrépito; la inercia lo empujó hacia el filoso borde y se perdió, sin remedio, tras treinta y siete metros de caída. Allí acabó su camino, en las aguas cercanas a la criatura, la misma que acababa de despertar de su profundo letargo; una esfinge dorada que custodiaba la torre por orden de la muerte, que no era otra cosa que su instinto, el cual le había enseñado, durante años, a esperar allí a los incautos aventureros.
Así pues, la esfinge dorada emitió un agudo sonido con el que les heló los huesos al resto, mas su fin era despertar a las demás esfinges que bajo tierra esperaban ser llamadas. Las cinco bestias que acudieron se tiraron al agua, rodeando con velocidad la torre, dando piruetas bajo el agua como leones marinos.
─¡¡Padreee, noo!! ─Gritó Saédor, al ver cómo lo descuartizaban a mordiscos.
Mayus lo agarró como pudo para que no cometiera una locura. No podían hacer movimientos bruscos ni dar pasos en falso; sólo un simple error los separaba de la muerte. Pero entonces, Pellio cayó en la cuenta de su atributo: ─¡Los polvos antiflujos!
Con ellos logró solidificar la viscosidad del piso y anular la pinguosidad de las manos.
─¡Podrías haber usado eso antes, desgraciado! ─Le gritó Saédor entre lágrimas desasistidas. Y aunque Pellio no soportaba los insultos, se tragó su orgullo, pues comprendía la furia del joven, que acababa de perder a su padre. ─Lo siento de verdad, Saédor, lo siento.
─Creo que deberíamos continuar ─dijo Grínkel.
─Ahí está la entrada ─dijo Aréstel─, ¿bajamos ya?
─¿Bajamos? ─Repitió Elios─. Querrás decir, bajáis…
─¿Cómo? ─Preguntaron Aréstel, Pellio y Mayus al unísono.
─Ya me habéis escuchado. Grínkel y yo nos quedaremos aquí mientras vosotros buscáis el prisma mágico ─decía Elios, a la vez que Grínkel y él desenfundaban sus armas y con ellas los amenazaban.
─Tomad ─dijo Grínkel, arrojándoles su frasco con agua de luna. ─Seguro que necesitaréis luz ahí abajo.
─¡Ah!, ─exclamó Elios─ por cierto, Aréstel, entrégame tu atributo, esas turmas de salamandra.
Aréstel quiso resistirse, pero vio que Grínkel había preparado su ballesta, con la cual le apuntaba. Sin más remedio, Aréstel las sacó de su bolsillo y las dejó en el suelo con sumisión.
Los cuatro sometidos miraban a ambos traidores con el mayor de los desprecios, pero ¿qué alternativa tenían?
Así pues, se introdujeron en la torre como gusanos en una manzana podrida. Hacía mucho calor y en sus manos notaban que los polvos antiflujos estaban perdiendo su efecto. Sin embargo, no habían penetrado ni cuatro metros, cuando Saédor comenzó a dar saltos y voces de socorro: ─¡¡Quitádmelo, quitádmelo!!
─¡¿Qué te ocurre?! ─Le preguntó Mayus.
─¡Aah, algo se mueve en mi bolsillo, quitádmelo, quitádmelo!
─¡Oh, cállate! ¿Esto es lo que te estaba matando? ─Le dijo Mayus, quien sujetaba entre los dedos la brújula brújuda, que vibraba frenética, como si tuviera vida propia. Se fijaron en sus agujas y, con sorpresa, vieron que señalaban en una dirección con un rayo de luz tenue.
─¡Por aquí! ─Dijo Pellio.
De este modo, anduvieron durante un rato, ya mareados por la elevada temperatura y la falta de un aire que no oliera a pedo de tortuga. Pero al fin de caminares, de miedos y otros pesares, allí lo descubrieron: un pequeño prisma piramidal que reposaba sobre un altar estrecho y rectangular.
─¡Caray, menuda ridiculez! ─Dijo Mayus.
─¿Y para esto arriesgamos la vida? ─Se quejó Saédor.
─¡Cogedlo y fuera! ─Les dijo Pellio. Y de todos, fue Aréstel quien se dignó a cogerlo; además, era el único que tenía las manos limpias.
En pocos minutos consiguieron salir de aquel laberinto, pues gracias a la brújula supieron el camino inmediato al exterior. Pero justo antes de salir, Pellio los detuvo.
─Escuchad. Esos dos estarán esperando, con total ilusión, a que salgamos y les entreguemos el prisma como dóciles ovejitas. Esto es lo que vamos a hacer… ─Pellio les explicó el plan que parecía más sensato y se prepararon para salir prestos.
Mientras tanto, Elios y Grínkel se habían quedado atrapados, pues el piso se había vuelto resbaladizo de nuevo, y ahora sus espadas se les hacían inasibles entre sus manos.
De pronto, Pellio apareció en escena, esparciendo polvos antiflujos delante de sus pies; y tras él venía Aréstel, agarrando a su amigo Saédor para conducirlo a la esquina por la que habían subido a la torre. Pero Grínkel atinó a quitarle a Pellio la bolsita de los polvos y, raudo, los tiró enteros al suelo para hundir en ellos las manos, gesto que imitó Elios a su lado.
Este último alcanzó una de sus ácidas espadas que, con toda su fuerza, clavó en el pecho de Pellio ─quien había vuelto para recuperar la bolsa de polvos mágicos─ y allí la dejó hincada.
Seguidamente, apareció el gran corbrejal de Mayus, que intentó ayudarlo a escapar; pero entonces, Grínkel manifestó su habilidad con la ballesta al disparar una flecha que le atravesó un ala y, por ello, la flecha pudo continuar viajando tras éste, hasta frenarse en el cuello de Saédor, que se había interpuesto en la trayectoria. Mayus, por su parte, le lanzó dos dagas a Grínkel, con acierto; una en cada mano. Así, tendido en el suelo, Grínkel escupía alaridos igual que los cerdos de Mayus, cuando estos iban al matadero.
Saédor soltaba borbotones de sangre que Aréstel intentaba detener en vano con sus pulcras manos. Cegado por el miedo a la pérdida de su mejor amigo, no se daba cuenta de que Elios iba a cortarle el pescuezo con su otra espada; pero, sin previo aviso, apareció desde su espalda el corbrejal, arrastrándose como podía. Atrapó con su pico a Elios y con poco esfuerzo se deslizó por el borde de la torre. Sin embargo, Elios cayó a las aguas oscuras de la laguna, sano y salvo. Las esfinges se abalanzaron sobre el corbrejal como un puñado de caimanes hambrientos que no dejarían ni los huesos. Él logró salir del agua y aprovechó que estaban todas juntas para lanzarles las turmas de salamandra de fuego. La explosión de las llamas las envolvió hasta calcinarlas y robarles su color dorado. Ahora Elios debía subir de nuevo a la torre para arrebatarles el prisma a Aréstel y Mayus; pero justo cuando se disponía a escalarla, ellos acababan de bajar de ella. Mayus se lanzó a su cuello cual lebrel rabioso, intentando estrangularlo con todas sus fuerzas. Elios empezó a ver todo de color azul oscuro y multitud de lucecitas brillantes, pero tanteando como pudo, consiguió quitarle uno de sus cuchillos y clavárselo en el costado. Y Aréstel, que como sabemos era el más listo, se sacó del bolsillo una última turma que había escondido en secreto. Miró con vengativo detenimiento a un Elios medio ahogado, medio herido, sin fuerzas para levantarse.
─Eres en verdad un viejo que ya no sirve ─le dijo con total desprecio, y le tiró encima la turma, que lo prendió en el fuego del castigo más merecido.
Aréstel le robó la ácida espada y, sin perder un minuto, se largó de aquel claro del bosque. Se alejó con la velocidad que sus piernas le permitían, usando la brújula brújuda y el agua de luna como guías. Pero sin previo aviso, algo duro como el granate le cayó encima y le partió el cráneo. Era la rana Baseligas, que no iba a consentir que nadie se llevara el tesoro que por tantos años había ambicionado.
La Cuerda Granadina. Miguel Gallego
LA CUERDA GRANADINA.
UNA SOCIEDAD LITERARIA DEL POSTROMANTICISMO.
Estudio previo y selección de textos Miguel Gallego Roca.
ISBN: 978-84-87708-32-3
Depósito legal: GR.1810-1991
Idioma original: Español
Medidas: 22×16 mm.
Idioma de publicación: Español
Fecha de edición: 01-12-1991
Fecha de impresión: 30/11/1991,
año del centenario de Pedro Antonio de Alarcón
Páginas: 310 y solapas.
Editoriales: Editorial Comares, S.L.
Colecciones: Obras Granadinas
Materias: Granada
PVP 11.58€ (IVA inc.)
La Cuerda
La Cuerda es el nombre de una tertulia literaria del Postromanticismo existente en Granada en el siglo XIX. Su nacimiento viene de la confluencia entre la sociedad gastronómico-artística de El Pellejo, nacida de las comidas periódicas que hacían un grupo de amigos en el Carmen del Caidero,y las tertulias periódicas que se hacían en la calle de Mariano Vázquez. Sus miembros se hacían llamar nudos y eran conocidos por un mote especial: Pedro Antonio de Alarcón era Alcofre; el novelista Manuel Fernández y González era llamado El Poetilla; José Joaquín Soler de la Fuente era El Abate;José Vázquez era Sidonia; Rafael Contreras Mojama; Giorgio Ronconi era Ropones; Mariano Vázquez era Puerta; Manuel del Palacio Fenómeno; Novedades José Castro y Serrano; Ivón José Fernández Jiménez y London Juan Facundo Riaño, por citar sólo algunos. Tuvo una sucursal en Madrid situada en el Café Imperial, en la que se reunían, a comienzos de la Restauración, Pedro Antonio de Alarcón, José Salvador y Salvador y el poeta Manuel Paso.
Bibliografía
Miguel Gallego Roca, «La Cuerda granadina,
una sociedad literaria del Postromanticismo», Granada, 1991.
¿Por qué era rubia?
Cuento publicado en la antología Cuentos amatorios.
Extraído de la pág. 61-67 del libro La Cuerda Granadina.
de Pedro Antonio de Alarcón 1859
– I – HISTORIA DE CINCO NOVELAS
Una tarde de noviembre de 1854 estábamos seis amigos, todos menores de edad, sentados alrededor de una mesa, pasando un delicioso día de campo. -Así llamábamos en aquel tiempo a la extraña manía en que habíamos dado algunos discípulos de Apolo, de hacer del día noche, cerrar las ventanas y encender luz artificial, cuando no de quedarnos en la cama hasta que anochecía en el resto de Madrid.
Aquella mesa (de la cual he vuelto a tener noticias últimamente) ha sido descrita por mí del siguiente modo, en el prólogo de una novela ajena, titulada Honni soit qui mal y pense:
«Había en Madrid hace cuatro años (no importa en casa de quién en casa de nadie en casa de todos en una casa cuya puerta no se cerraba ni de día ni de noche), una gran mesa revuelta, adornada con un tintero monstruo y cubierta de cuartillas de papel sellado sin sello, en la cual trabajaban indistintamente diez o doce artistas y literatos… Mesa fue aquella en que nacieron algunas comedias del hijo de Larra, algunos dramas de Eguílaz, algunas novelas de Agustín Bonnat, cantares de Trueba, artículos económicos de Antonio Hernández y letrillas de Manuel del Palacio; en que se tradujo La profesión de fe del siglo XIX, de Eugenio Pelletán; en que hizo Arnao muchas canciones, y Mariano Vázquez bastante música, y Castro y Serrano varios artículos, y Ribera caricaturas, y Vázquez y Pizarro algunas acuarelas, y Barrantes no pocas baladas, y planos arquitectónicos Ivón, y yo mis calaveradas de El Látigo».
En torno de esta mesa estábamos la tarde a que me refiero.
Era domingo: la revolución de Julio se hallaba en su apogeo. Madrid ardía en milicianos…
Llovía; silbaba el viento lúgubre de la estación, y hacía un frío que, al decir de Ricardo Ribera, helaba hasta las conjeturas.
Como acababa de pasar el día de Difuntos, en todas las parroquias se celebraba la Novena de Ánimas. Mezclábase, pues, al estruendo de los himnos patrióticos, tocados en la calle por las músicas de la Milicia, el fúnebre tañido de las campanas, que lloraban si había que llorar sobre los tejados de la metrópoli.
¡Virgen de la Almudena!… ¡Qué tarde!
Nosotros la habíamos convertido en noche hacía muchas horas: cuatro velas iluminaban nuestros seis semblantes, y nuestros seis semblantes correspondían a los siguientes seis nombres, que revelo sin empacho, porque todos han llegado a ser de dominio público: -Luis Eguílaz, Manuel del Palacio, Agustín, Bonnat (Q. E. P. D.), Ivón, Luis Mariano de Larra y un servidor de ustedes.
-¿Qué hacemos? -preguntó uno.
-¡Escribamos! -respondió otro.
-¿Qué escribimos? -añadió un tercero.
-Una novela entre todos.
-No hay tiempo para ponernos de acuerdo sobre el plan.
-Pues escribamos una novela cada uno…
-¡Y todas con el mismo título!
-Título raro, comprometido, que sea pie forzado de la acción…
-¡Eso! ¡Y con término de media hora!
-Pues inventemos un título estrafalario…
-¡Ya lo tengo! (dijo Larra). Todas lasnovelas se titularán: ¿Por qué era rubia?
-¡Magnífico! -exclamaron todos.
-¡Ahí tenéis un brillante asunto de difícil desempeño. -¿Por qué era rubia? -¡Porque lo era! No, señor; es menester que no hubiese razón para que lo fuera. -¿Y qué razón, esto es, qué seis razones podremos inventar?
-¡Ahí está el quid!-Pongamos la imaginación en prensa.
-Pero ¡cuidado, que es preciso justificar el título!
-¡Y acabar antes de media hora!
-Son las cuatro. -A las cuatro y media.
-Pluma en ristre…
-¡Silencio!
Y ya no se oyó más que el chisporroteo de las plumas sobre el papel.
Entonces hubierais visto demudarse aquellas seis fisonomías, o, por mejor decir, aquellas cinco (pues la mía yo no llegaba a verla), adoptar un gesto desusado, transfigurarse, revestirse de alegría, de terror, de ternura o de sarcasmo…
Todas las imaginaciones se aislaron; todas huyeron de aquel aposento; se extendieron por cielos y tierra, y soñaron estar en diversos países, en distintas épocas, entre desconocidos personajes.
Eguílaz se levantó cuando apenas llevaba veinte renglones.
Había llamado Luque, que estaba enfermo en cama, y ya le fue imposible continuar.
Los otros cinco seguimos excitando nuestra inspiración del modo que acostumbrábamos, pues sabido es que cada poeta tiene su receta para inspirarse.
Ivón arqueaba las cejas, como Júpiter.
Larra se atormentaba el cabello.
Bonnat se pasaba por los labios el extremo superior de la pluma, a fin de hacerse cosquillas.
Palacio se pellizcaba el entrecejo, donde dicen que reside la memoria.
Yo trepaba insensiblemente por los palos de la silla, hasta que concluí por sentarme al estilo moro.
Y todos fumábamos desesperadamente.
Antes de la media hora, las cinco novelas estaban terminadas.
La creación de Larra pertenecía al género venatorio. -Aficionadísimo el autor a la caza, su héroe no podía menos de ser un perro. De la heroína, viuda de un intendente, no hay para qué decir que tenía el pelo rubio, sumamente rubio, casi rojo -Pero ¿por qué era rubia?-¡Pronto se supo! A la muerte del perro, Anita, la intendenta, se puso completamente cana. ¿Fue del sentimiento? ¡No! Era que Anita lo estaba ya hacía algunos años; pero se teñía el pelo con un elixir en cuya composición entraba como parte integrante no sé qué ingrediente suministrado por aquel perro. ¡Por eso eta rubia! -El mérito principal de la narración consistía en el profundo conocimiento que demostraba el hijo de Fígaro en achaques de caza menor.
Bonnat había escrito uno de aquellos deliciosos artículos a la francesa en que probaba toda clase de paradojas. -Negaba en primer lugar que Colón hubiese sido el descubridor de América, y nos describía el naufragio de un buque inglés y el arribo de una joven rubia a las costas del Brasil, arrojada allí por las olas. Los brasileños, que nunca habían visto cabellos de aquel color, se preguntaban naturalmente ¿por qué era rubia?, y creyéndola bajada del cielo, fundaron una religión en su nombre. -Luego pasaba esta rubia a ser, como legisladora filántropa, una caricatura de la autora de la Choza de Tomás, a quien odiaba mi pobre Agustín con todas las fuerzas de su buen humor.
Ivón, o sea Fernández Jiménez, llegó al colmo de la originalidad. ¡Proclamamos entonces, y repito ahora, que su novela fue la mejor, sobre todo por la cómica gravedad del estilo! -La escena era en una sacristía de América. (¡Ya ven Vds. que todos habíamos viajado de lo lindo durante aquella media hora!) Iba a morir una dama muy vieja y que tenía el pelo completamente cano, pero a quien, sin embargo llamaban todos la Rubia. Ahora bien; el Cura de la parroquia se negaba a auxiliarla de resultas de este sorites: «Esa mujer se llama la Rubia, porque habrá tenido el pelo rubio: ha tenido el pelo rubio, porque es inglesa: las inglesas son protestantes: luego yo no tengo nada que ver con esa rubia». -Al cabo resultaba: 1º, que la señora no había tenido el pelo rubio, sino castaño; 2º, que no era protestante, sino católica, apostólica, romana; 3º, que la llamaban la Rubia, porque había amado a un español cuyo apellido era RUBIO, y 4º, que el Cura era este español. -Al fin de la novela se reconocían los dos ancianos, recordaban los años de su juventud, o sea su vida de seglares, y morían de la manera más sentimental y cristiana.
La de Palacio brillaba por los retruécanos del estilo y por los chistes de que estaba salpicada. -Una señorita de Jaén comprendió a los diez y seis años que una mujer de sus prendas no debía seguir en la inacción. Dividió, pues, su alma entre dos novios. No sé por arte de qué diablo, nuestra señorita llega a huir con uno de ellos. El otro novio la persigue…, y entra en Madrid a su lado sin reconocerla. Antonia era morena obscura y ujinegra y pelinegra a más no poder; pero, gracias a los polvos de arroz, a unos anteojos azules y a una peluca rubia, parecía una sílfide del Norte. Ya en Madrid, acontece que aquella mujer da una cita en las tinieblas al segundo novio; que éste se lleva enredado en los botones de la pechera dos cabellos de Antoñita, y que al examinarlos en su casa, se encuentra con que son más negros que la endrina. -«¿Por qué era rubia?» (exclama entonces el perplejo amante). ¡Cuando me dio la cita en el ferrocarril, tenía el cabello de color de oro!… ¿Cómo me deja sobre el corazón esta muestra negra?». -Pronto se descubre todo: los dos amantes la abandonan, y del sentimiento se le pone a Antoñita el pelo blanco.
En cuanto a mi novela (única de que puedo disponer, pues cada cual se llevó la suya), era del tenor siguiente:
– II – ¿POR QUÉ ERA RUBIA? (NOVELA CIPAYA)
Hay algo de sublime en el éxtasis de los indios.
(EL PRESTE JUAN)
¡Qué hermosas son las noches de la India!…
EL LECTOR. -¿Me lo dice V., o me lo cuenta?
¡Hombre! me lo figuro. -Yo no he estado nunca en la India; pero tengo muchos deseos de ir. -¡Bien podía el Gobierno enviarme a Filipinas sin formación de causa! -De paso vería la India.
EL LECTOR. -Déle V. motivo, y lo enviará.
¡Bien! Pero ¿qué motivo le doy? -Figúrese usted que salgo ahora a la calle cantando la Pitita, y que el Gobierno se contenta con enviarme al Saladero… -¿Habré logrado mi plan? -De ningún modo. -Pues figúrese usted que niego en público la infalibilidad del duque de la Victoria, y que éste me condena a ser pasado por las armas… -¿Será esto ir a Filipinas? ¿Conseguiré así ver la India al paso, como la vio mi amigo D. Manuel Hazañas? -¡Ah! Bendigo a Napoleón III, que deporta a todo el que no le da tratamiento de Majestad… ¡Aquél es un país! ¡Allí sabe uno a qué atenerse!
EL LECTOR. -Prosiga V.
Prosigo. ¡Qué hermosas deben de ser las noches de la India!
Brillan allí los astros más que en el cielo de Europa; cielo deslustrado por el uso, que me hace el efecto de una decoración vieja de Philastre.
Y es que aquel cielo sólo ha servido para una religión, mientras que el nuestro cuenta ya lo menos diez clases de adoradores: los iberos, los griegos, los fenicios, los cartagineses, los romanos, los bárbaros, los cristianos, los mahometanos, y últimamente los espiritistas…
EL LECTOR. -Continúe V.
Continúo. ¡Qué hermosas deben de ser las noches de la India!
Anchas bocanadas de aromas salen del seno de aquella verdadera naturaleza, vigorosa como una pasiega primeriza; y el indolente oriental, ebrio de narcóticas esencias, se atraca de arroz a la claridad de la luna, pensando en la simbólica flor del Loto, o en algo por el estilo…
EL LECTOR. -Continúe V.
Era media noche.
Todo yacía en el silencio y en la quietud del sueño a orillas del misterioso, Ganges…
¡Sólo el Ganges no dormía! El río sagrado se deslizaba entre bosques de bombaxes, branganeros y jaraques (árboles que podéis ver, si se os antoja, en el jardín Botánico de esta villa), reflejando en sus aguas la claridad postiza de la luna.
A la sombra de un árbol triste (llamado así porque sólo florece de noche), y no lejos de una raflesia, planta que produce las flores más grandes que se conocen en el mundo, pues algunas tienen tres pies de diámetro y quince libras de peso… (hablo con seriedad), se hallaban sentados dos jóvenes indios, no muy decorosamente vestidos que digamos, pero hermosos cuanto pueden serlo aquellos paisanos del ébano y del bambú. Sus ojos negros… eran muy negros. (En la precipitación con que escribo, no se me ocurre nada a qué comparar su negrura.) En cambio, sus dientes eran tan blancos como los dientes más blancos que haya en el mundo.
Y aquí termina el retrato de los dos indios.
¡Ah! Se me había olvidado decir que los dos eran machos, y que se llamaban Nana y Nini -nombres sumamente interesantes.
-Habla, Nana… -dijo Nini con voz afectuosa, pasando la mano por el lacio cabello de su amigo.
Es de advertir que Nini tenía también el cabello lacio.
Yo sé todas estas cosas, porque me ocupo hace algún tiempo en estudiar aquel país, para escribir una novela titulada La madre tierra.
Si no, no las sabría.
Pero volvamos a nuestros indios.
-Nini… (dijo Nana): ¿Por qué era rubia?
Y, después de pronunciar estas significativas palabras, quedó sumido en profunda meditación.
Lo mismo se pregunta el autor de esta novela: ¡exactamente lo mismo! -¿Por qué era rubia?
-Explícate, Nana -murmuró Nini al cabo de un momento.
-¡Ah! Nini… Nini… (profirió Nana entre sus sollozos). Yo amo a mi esposa como la luna ama a la noche, como los pájaros al día, como el mar a la estrella de la tarde. ¡Mila es mi alma, es mi vida, es mis ojos, es mi agua… -Pero ¡ay! ¿Por qué es rubia?
-¡Repórtate, Nana! (dijo Nini). -Tú deliras. Tu esposa no tiene nada de rubia Yo conozco a Mila, y puedo asegurarte que no hay ébano más negro que sus trenzas…
-¡Ah! sí… Ya sé que Mila no es rubia; y por eso me casé con ella. Sus ojos son la noche; sus cabellos las sombras de la muerte. -¡Pero yo no hablo de Mila!
-Pues ¿de quién hablas?
-Escucha: ¿Recuerdas cuando, hace medio año, era yo tan feliz porque Mila se había sentido madre?
-Sí Recuerdo. -Era el primer fruto de tu amor, después de tres años de matrimonio…
-¡Era el colmo de todos mis deseos! ¡Con qué afán esperé el día en que mi esposa me diese un vástago que perpetuase mi familia! ¡Al fin iba a tener un heredero, un sucesor, uno de esos príncipes de mi raza, cuyos negros cabellos demuestran que no se ha mezclado con nuestra sangre la vil sangre de los blancos del Norte! -Pues bien: Mila dio a luz una niña blanca, rosada, rubia como una inglesa, como una hija de nuestros opresores, de nuestros verdugos. ¡Incomprensible misterio, Nini! Si mis cabellos y los de Mila son negros como el dolor, ¿por qué no lo eran también los de nuestra hija? -¡Ah! Nini… Nini… ¿Por qué era rubia la hija de Nana?
Un largo silencio siguió a estas palabras del príncipe sin ropa, del esposo de Mila, del padre de la rubia.
Luego continuó:
-Conociendo que me volvía loco a fuerza de pensar en cuál podía ser la causa de este inaudito fenómeno, he venido a buscarte, a fin de que tú, que eres hombre de gran inteligencia, ilumines las tinieblas de mi razón.
Nini reflexionó durante tres horas, y luego interrogó a Nana:
-¿Se lo has preguntado a tu esposa?
-Fue lo primero que hice; pero ella, tan maravillada como yo, no ve la salida de este laberinto. -Es más: a mi casa va todos los días un capitán inglés, hombre de mucho talento, el cual nos quiere con locura y se interesa muchísimo por la felicidad de mi familia. -Pues bien: ¡tres días ha estado pensando en este misterio, y no le ha encontrado ninguna explicación! -Conque a ver, Nini, si tú eres más feliz, y me haces comprender cómo puede ser rubia la hija de un matrimonio de cabello negro.
-Necesito discurrir un rato, Nana… -dijo Nini-. Déjame solo.
Nana se retiró, y Nini se dijo entonces a sí mismo:
-La cuestión es averiguar por qué era rubia. -Pues, señor, reflexionemos: -¿Por qué era rubia?
Y, metiéndose en la boca el índice de la mano derecha, levantó la cabeza, elevó los ojos al cielo y se quedó sumido en una especie de éxtasis.
En esta postura seguía a la salida del último correo.
1859.
El amor – Marguerite Durás- . Antonio García Vargas
Antonio Praena por José Antonio Santano.
La fuga del maestro Tartini. José Antonio Santano
No es fácil hallar, en los tiempos que corren, una obra literaria tan cargada de sabiduría y oficio, de tan extraordinaria creatividad como la concebida por el escritor madrileño Ernesto Pérez Zúñiga con “La fuga del maestro Tartini”. En esta novela, tan bien documentada como escrita, Pérez Zúñiga ha sabido reunir todos los elementos necesarios para plasmar no solo una historia y una trama admirable, sino algo a mi parecer mucho más importante, cual es el hecho de aguijonear, provocar e incitar al lector a entregarse al texto en cuerpo y alma desde la primera página, como si en ello le fuera la vida. En ella hallamos multiplicidad de matices que uniéndolos o interrelacionándolos –historia, aventura, voces narrativas, lenguaje, conocimiento, humanismo, etc- consiguen mantener la curiosidad y la intensidad lectora hasta el final del texto. Pérez Zúñiga, por tanto, no solo nos brinda la oportunidad de conocer la vida del excelente y desconocido músico del siglo XVIII Giuseppe Tartini, a través de una estructura narrativa sólida y fluida en su construcción lingüística, con la alternancia de dos voces narrativas y una exquisita prosa, sino que además nos adentra en la sociedad de la época, en sus vicios y virtudes y nos hace cómplices de los sentimientos y la pasión creadora de Tartini, de su sentido de la libertad o la amistad, del bien y del mal en ese vital encuentro con el diablo en un sueño de eternidad y que servirá para seguir sus dictados hasta componer la célebre Sonata del Diablo, conocida también como “El trino del Diablo”. Estética y ética se dan la mano en esta magnífica novela, y recorren los caminos y las ciudades (Venecia, Ancona, Pirano, Capodistria, Venecia, Praga y Padua), y nos muestran las miserias del hombre y la pasión creadora como razón de ser primera y última. Todo se entrelaza y funde en este inolvidable texto, en el que no podemos olvidar el latido feroz en la búsqueda siempre de la belleza a través de los sonidos, de la música en su estado puro. Ni el dolor insoportable de su brazo le restará fuerza a Tartini para escribir, en sus últimos días, su biografía: «Será porque después de varias décadas suena nítida la sonata que compuse en Ancona, también después de un sueño. Serán estas causas las que me determinan a dejar por escrito los hechos de mi vida antes de que se nublen definitivamente y los arrastre una última tormenta». También hallamos al Tartini inconformista, que se enfrenta al poder: «Repugna ver tanta felicidad humillada ante el poder. Siempre lo he detestado, lo prueban cuantas invitaciones he rechazado para ser músico de corte. Si tenía que tocar ante alguien, he preferido hacerlo ante el Dios de la Basílica». Tartini no solo es un genio, un virtuoso del violín, un creador nato, sino un hombre, un ser humano que siente y, sobre todo, ama la libertad: «La estancia, situada en lo más alto del edificio, apenas tendría diez metros cuadrados […]. En esas dimensiones sentía la dicha de la libertad por primera vez en mi vida. Por primera vez, atesoraba el tiempo, el tiempo azul del ventanuco». La música será, después de haber empuñado la espada y conocer la vida monacal, su salvación, gracias a su amigo Vandini, su única pasión, su vida entera: «Antes de Praga, amaba la música en mí; después, aprendí a amar la música en los demás.
Esto influyó en mi admiración por la voz humana, que hoy considero el fenómeno musical por excelencia y al que he dedicado mis últimas composiciones». Tartini –el músico y el hombre- es ya otredad, vive en los demás de tal manera que llega a afirmar: «La música más hermosa está en el ser humano, no necesitas mirar a otra parte, Giuseppe Tartini, infierno o cielo, ningún lugar eterno; nada es tan poderoso como nuestra fragilidad; en ningún lugar hay mayor intensidad concentrada; y se hace mucho más grandiosa cuando somos generosos que cuando tratamos de desahogar nuestra desesperación». Ocupa un lugar destacado en Tartini, el sentido de la amistad: «Aquel Vandini de treinta años ya nunca dejó de acompañarme. Él es el mejor violonchelista que haya conocido el mundo», incluso aquella nacida del desencuentro y la rivalidad, caso de Veracini:«Hablamos como antiguos compañeros de las orquestas de Praga y ambos nos reímos de aquella rivalidades a las que hoy no encontrábamos sentido. Brindamos por la serenidad de la madurez y por la autenticidad de la música, el único estandarte que vale la pena levantar». No menos importante es para el personaje principal de esta novela la naturaleza: «En la naturaleza encontré la medida de mi renuncia y una profunda libertad». Tartini camina por la plaza San Marcos, en esa búsqueda por la belleza de sus atardeceres.
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Título: La fuga del maestro Tartini
Autor: Ernesto Pérez Zúñiga Edita: Alianza (Madrid, 2013) |
En su cabeza remolinean las palabras: «Los intervalos musicales se corresponden con las pasiones humanas. El modo mayor, ya se sabe, transmite fuerza, alegría, ardor; el menor, dulzura, languidez, melancolía. La semilla de las pasiones está en todos los hombres. Las diferencias las establecen la educación y las costumbres». Pero sobre todo, Tartini es hombre solidario y generoso con los desfavorecidos, y por esta y muchas razones más se pregunta: ¿Hay mayor dicha que poder compartir día a día los pequeños naufragios de la vida, la conversación, el vino, los amores, los conflictos, los rencores, la risa, la música, con alguien con quien uno tiene extrema confianza, una lealtad que dura más que el amor, un amor que suena en un tono menor pero alcanza las costas más lejanas, no se queda en el camino? Estoy seguro de ello, aunque sea este un tiempo de adoración al dios dinero. Mas nuestro personaje es hombre, y como hombre, mortal: «La pluma de Burney vuelve al tintero y después escribe, suena sobre el papel: La belleza de la música nos salva de la muerte. Se detiene sobre la línea que ha escrito. Tacha: salva. Sobrescribe: alivia». Y, ciertamente a Tartini nadie pudo librarlo de la muerte, y por eso, aún después de su muerte, nos hacemos eco de sus palabras: «Solamente un poquito más de música, por favor, su vuelo desde el aire al oído, desde el oído hacia la alegría interna, hacia el agradecido asombro, solamente un poco más de música». A lo que cabría añadir, respecto a la creación literaria: un poco más de buena literatura, la de esta novela sin fin y de las que están por venir de la pluma de Ernesto Pérez Zúñiga, sin duda una voz sobresaliente en el panorama de las letras españolas.
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Joven poesía almeriense. Ricardo R. Teva. Víctor García Acosta.
PEQUEÑA AUTOBIOGRAFÍA TRANSEÚNTE
(Al sureste de España, 1980)
Cuentan los ancianos que un día ví la luz sumergida en el horizonte,
ese que ensanchan mis amigos,
de los zapatos que gastan al andar junto a mí.
Quise reconocer que la poesía no da para comer,
pero ahora siempre me encuentro hambriento de ella;
me basto con mirar desde una ventana a los pájaros,
y ellos me llevan en pluma de versos.
Mi padre me alentó a seguir caminante, traseúnte,
siempre aconsejándome: «Tienes la cabeza llena de pájaros»,
Y encontré los versos:
Todo lo que tocan mis manos vuela.1
Está lleno de pájaros el mundo.
Los toqué y volé.
Hay cantos marcados en mí,
recitales en los que hablé, niño pobre y huérfano,
y unos duendes llamaron mi atención.
Ricardo R. Teva
.1 Versos de Octavio Paz.
____________________________
Información bibliográfica
| Título | Joven poesía almeriense Volumen 24 de Cuadernos de Caridemo |
| Contribuidores | Ricardo R. Teva, Víctor García Acosta |
| Editor | Cuadernos & Caridemo, 2004 |
| N.º de páginas | 27 páginas |































