Antonio García Vargas. Cuento para no dormir

¿CUÁNTOS CUADRADOS HAY EN LA IMAGEN?

Cuento para no dormir—

Confieso que a la primera, al principio, no hice caso a la pregunta sobre cuántos cuadraditos contenía la imagen. Tampoco a la tercera, ni a la quinta. Pero unos días después, al ver que me lo encontraba cada dos por tres en Facebook, decidí contarlos por primera vez y me salieron 30. En un segundo intento, sin esforzarme, contabilicé 37 pero me quedó la sensación de que habían algunos más. Anoche, en vista de que el sueño no me llegaba, me levanté y encendí el ordenador para matar el insomnio adelantando trabajos pendientes. Como es natural, me encontré de nuevo con la dichosa pregunta de los cuadraditos y sin querer queriendo hice un nuevo recuento que sumó 39. Me picó la curiosidad, debo reconocerlo y decidí imprimir la imagen con 10 aumentos. Al contabilizarla de nuevo me salieron 319 y llegado ahí, asombrado, decidí acostarme pensando que sufría una alucinación de madrugada, cosa esta harto frecuente cuando paso más de 15 horas seguidas ante el ordenador haciendo el idiota.

Apenas pude dormir. Esta mañana, al despertar, con los ojos amoratados por la paliza visual nocturna, sin haber desayunado siquiera y lo que es peor, sin peinarme, entré de nuevo a ver mi galaxia de cuadraditos e intuí que lo estaba analizando demasiado a la ligera. Tracé un plan de acción mientras engullía mi café con leche y busqué por todos los rincones mi microscopio convencional de 48 aumentos. Aquí fue donde la cosa dio un giro de 180 grados pese a que solo seguía viendo los 319 de la noche anterior. Observando atentamente, creí ver que las líneas que delimitan o conforman los cuadrados de la imagen se separaban e intuí que la visión, pese al gran aumento experimentado, seguía siendo insuficiente. Y fue ahí donde se me ocurrió desempolvar mi potente microscopio atómico, que no usaba desde mis tiempos de observador aficionado de lo liliputiense, allá por los 60.
Rebusqué por mis tres trasteros y al fin lo encontré como quien encuentra la fuente de la eterna inteligencia. Tomé de nuevo la imagen y la coloqué amorosamente en la plaqueta, enfoqué pacientemente una esquina que apenas abarcaba un cuadrado y… ¡eureka! Ahí estaba la confirmación de lo que había intuido: las líneas que delimitan los cuadrados no eran líneas sino puntos aislados de apariencia… ¡cuadrada!

Asombrado, salí a respirar al jardín y conté a los pájaros lo ocurrido. Mi buganvilla azulsalvaje, muy tranquila su voz fragante, me dijo en su acostumbrado tono floral: «Hombre, Antonio, es normal lo que ocurre, has cruzado la divisoria del mundo conocido y has entrado en el mundo cuántico, donde como es sabido, todo es diferente, contradictorio y a veces antagónico. Seguro que si miras bien hallarás al menos trescientos diecinueve… millones de cuadraditos y, si afinas el ojo y la mente, tal vez llegues muchísimo más allá».
Me tuve que sentar en la hamaca pues me sentí como si flotara. Mi palma saharaui me abanicó amorosamente. Me tranquilicé un poco. No mucho.

Entré en casa de nuevo, enfebrecido y con la emoción a mil por microsegundo, enfoqué solo una línea del más pequeño de los cuadraditos, aumenté la potencia y vi cómo la lectura se disparaba sin control en una sucesión numeral aparentemente loca que tuve que detener para hacerme una idea de lo que estaba ocurriendo. En la pantalla del medidor de secuencias aparecía la cifra de… ¡17 millones 384 mil cuadrados! Y… ¡solo en la más pequeña línea del cuadrado más pequeño! Confieso que tuve que tomarme medio litro de gazpacho para apaciguarme.

Acabo, amigos míos, de dejar el experimento antes de que me diera algo pues hasta huelo el humo que sale de mi sesera. No obstante, antes de apagar el microscopio, cuando de nuevo curioseé en la lectura alcanzada, vi que la pequeña línea había alcanzado el final de esa fase de la datación numeral y se expresaba en distancias galácticas, nombrando los cuadrados encontrados hasta ese momento dentro de la línea como universos que a su vez contenían numerosos universos que engendraban embriones de otros bebés universos…
Excitado, llamé a mi editor por si le interesaba la idea y nos forrábamos escribiendo un libro. Me dijo que durmiera un rato y me colgó. Estos acontecimientos son demasiado para alguien tan aburrido como un servidor. He quedado en estado catatónico pero cuando se me pase prometo que seguiré con el asunto hasta donde pueda. ¡Ya, ya os contaré!

Un cuentecito de Antonio García Vargas

Francisco Cañabate Reche. Lluvia de estrellas.

Cada treinta y seis años una lluvia de estrellas nos sorprende en la noche y nos extiende un manto luminoso y brillante, un manto que nos cubre por un instante único y nos evita el frío, un manto imaginario que nos hace sentirnos nuevamente pequeños, perdidos en el cielo, (los seres diminutos que finalmente somos), y nos recuerda un tiempo ya lejano y oscuro, (anclado en la memoria), en que todo era mágico y todo era posible. 
Cada treinta y seis años ilustres meteoritos desprendidos de la cola de un astro caprichoso y lejano llegan hasta nosotros para cumplir su cita, y lo hacen puntualmente, con exactitud cósmica. (Ellos tal vez no saben que nosotros los vemos).
Cada treinta y seis años suceden la Leónidas: un fenómeno loco y ciego y sorprendente. Unas horas fugaces, un tiempo entre paréntesis, una oportunidad inesperada para seguir pensando (¿y por qué no pensarlo?) que aún existen las Hadas y que a pesar de todo la vida continua.
Y ocurrió aquella noche y por eso lo cuento. Vinieron las Leónidas y surcaron el cielo anunciando a su paso, lo mismo que un heraldo, que aquel niño llegaba cogido de su mano.
Y no las entendimos.
Subimos al tejado porque las esperábamos (las anunciaron antes los que todo lo saben), y se quedó la madre con el vientre preñado, cargado de esperanza, descansando en la casa. Los dos niños y yo estábamos dispuestos a bebernos el cielo, a no dejar pasar ni uno solo de los múltiples trozos de aquellos meteoritos que formaban señales dibujando en el aire sus diagramas de fuego.
Llevábamos las mantas y también los bolsillos repletos de ilusiones, y arropados por ellas elegimos sentarnos para observar la noche. Yo señalaba Venus y contaba los cuentos de la luna lunera, y los dos se reían, y la noche era clara, y el firmamento obscuro nos guiñaba sus ojos infinitos y ciertos, y pasaban las horas. Pero el tiempo no espera, y tras la diversión llego el aburrimiento. Nos habitaba el frío y hasta la incertidumbre, y luego la impaciencia: la mía y la de los niños, porque no sucedía.
El cielo estaba quieto, imperturbable, eterno, y tal vez las estrellas nos miraban pensando ¿Qué estarán esperando, si ya ha ocurrido todo mas allá de sus ojos?
El tiempo de los niños es un tiempo distinto, y no existe el futuro, ellos no lo conocen porque no es necesario. La vida es infinita desde su perspectiva, y también instantánea, y siempre tienen prisa, y todo se produce como en una cascada, y no cabe la espera. Por eso los dos niños mostraban su impaciencia, casi su desengaño y ya me preguntaban: ¿Papá, porqué no vienen? ¿Perdieron su camino lo mismo que en el cuento y no saben volver? ¿ O tal vez son muy tímidas y se están escondiendo para que no las vean?
El más pequeño, Paco, se removía en su manta y se estaba durmiendo, y yo empecé a pensar que no sería esta vez, que debía regresar, que volvía de vacío, y aunque me resistía ( quedaba la ilusión, que sería defraudada), parecía inevitable. Virginia, la mayor, leyendo en mi mirada, tiraba de mi manga mostrándome los ojos de su hermano, cerrados. 
Entonces sucedió:
Estalló el firmamento y una lluvia de luces estridentes, de fuegos de artificio lo surco de repente. Y se despertó el niño y abrió sus grandes ojos y la niña encantada exclamó su sorpresa y demostró su gozo, (que eran también los míos). Bajamos animados, risueños y locuaces, parlanchines y alegres, contando maravillas a la madre dormida, algunas inventadas y casi todas ciertas, como siempre sucede.
Unas horas después se produjo el milagro que anunciaban los astros y todos comprendimos: nació un ser diminuto, frágil y misterioso (la esencia del misterio) y llevaba en sus ojos ese reflejo mágico de la lluvia de estrellas.
Para mi hijo Miguel Ángel, que nos llegó en Noviembre. Nació con las Leónidas.

Semiotical. Antonio García Vargas

SEMIOTICAL
Todo poema ¿es un grito ya pronunciado?—
Tú, poesía…
eras una mujer cerbatana de talle largo y suspiro leve;
un día encontraste la curva parabólica de un ave de presa
y cual blanco lirio perdiste la línea sobre la hierba verde.
¿Pueden los signos externos descomponer la poesía?
¡Desnúdate, poeta! ¡Sacude el verso! ¡Rompe la cópula
que amenaza la esencia de la codificación de la magia!
¿Y si descubrimos el aliento del hermano de las cavernas?
No quiero ser fugitivo de una civilización que devora; ni reo.
¡Unamos en la carne la fuente de la vida, como el viejo árbol!
Sólo la prueba del algodón dilucidará la pureza del Caos.
Apoyemos con Mallarmé la simbiotización de los blancos,
hagamos de la sublimación del instinto sexual nuestro lema.
¿Oyes resonar la poesía desde el eje vertical de la palabra?
Ha llovido mucho desde el viaje en paracaídas de Huidobro
y huelen a moho prefabricadas sintaxis y sustratos fónicos;
la esclerosis métrica -asesina del ritmo-, ha sido devorada
por la termita insaciable multiplicadora de cismas y mitos.
Si nos deslizamos en la servidumbre de la imagen como icono
moriremos esclavos de la anáfora y la enumeración caótica,
enterrando la conexión gramatical legada por los que fueron.
¿Hay afinidad entre el pálpito doliente de la efímera rosa
y el paso monocorde de aquel hombre
camino del Calvario?
El Cosmos solitario languidece entre farándulas y requiebros;
susurros de soles palpitantes desatomizados, la palabra fluida
adormeciendo conciencias entre cacofonías y órbitas eclípticas.
La libertad renace en lo espontáneo de la libidinidad errática,
no del conocimiento empírico-científico-metafísico-dogmático
del cabrón de turno.
Alado pino” —llamaba Góngora a la mágica nave de su sueño—,
proporción áurea entre sollozo del alma y rima de asombros.
Entre el ser y el aparecer media un ente aún sin apariencia
en el que Gracián situaba la virtud de un ramo de azucenas;
¡enfaticemos el perpetuo juego de las tenues diferencias
repudiando formas de la inerte permanencia de lo obtuso!
¿Hemos de huir –constreñidos hasta el agobio-
de la luz guía?
En el arte de las emociones nada es por entero transparente;
si el escéptico griego quebrantó la metafísica, condicionemos
la estética moderna de la idea al descubrimiento de lo sublime.
¡Erase una vez un restallido cósmico
que se hizo llamar poesía!
¿Nos desnudamos, amada,
en la ambigua resonancia del éter?
¡Huyamos de las isotopías fonológicas agazapadas en la rima,
de las sintácticas por redundancia y las equivalentes semánticas,
desplegando en la fisura del deseo nuestro poema como escudo!
¿Y si desnudamos las alas
hasta donde se diluyen las formas?
¡Hagamos de la duda una tendencia hacia el concepto singular
eyaculando directamente en la virginal matriz
de la semiótica!
¡Y permaneced atentos, poetas,
por si aparece la poesía del mordisco en la garganta,
de puño en alto y revolucionaria estirpe, rota
la cadena didáctica del estulto, que la obligaba
a permanecer arrodillada!

Juan Pardo Vidal. Te llamaré T

TE LLAMARÉ T
Cuando hace este viento hay una mujer invisible balanceándose en la mecedora de mi balcón. Soy yo, sentada, leyendo después de que haya amainado el poniente y sea de noche esta noche y no estés tú ya conmigo y sí la fachada de esa iglesia ahí enfrente, bien iluminada, anaranjada por las luces de tungsteno, un poco colonial, fantasmagórica y, a su alrededor, la ciudad parezca aún más rara de lo que es y no haya vida después de la muerte. O sea ésta.

Yo puedo decir lo que quiera, por ejemplo eso que has leído, soy la autora y nada me impide escribirlo. Para que existas puedo llamarte Z —lo que no tiene nombre no existe—y gritar que te queda muy gracioso mi chal, el que te has puesto sobre los hombros. Esto último puedo decírtelo a voces, «¡Te queda muy gracioso mi chal!», desde lejos para que vuelvas la cabeza y me sonrías, porque en mi historia estás ahí, de espaldas, apoyado en la barandilla de mi terraza mirando una ciudad que no comprendes, y he decidido que, aunque tú nunca tienes, hace un poco de frío. Tus codos están apoyados en el metal de la barandilla y las palmas de las manos fabrican un triángulo que sujeta una zona indeterminada entre tu barbilla y las mejillas, pareces un niño contrariado, pero no, sólo estás sorprendido. El mundo sorprende a poco que te detengas a observarlo. Detenerse a ver el mundo es como pasear por tu ciudad mirando hacia arriba, parece distinta, irreconocible, otra, ¿qué ciudad es ésta? Tienes en el balcón el pelo negro, Z. No. Negro no. Lo tienes oscuro, pero entreverado de canas, un poco largo para tu edad, la verdad, y la pierna derecha la has liado en la izquierda, que es la única que apoyas, echado sobre la barandilla, pareces un flamenco, qué postura más incómoda para un hombre maduro. En realidad te he dicho lo del chal por puro egoísmo, como todo lo que se hace por amor. Para que sonrías, porque así puedo ver yo esos hoyuelos tan raros que te salen a ambos lados de la cara, me encantan, te los he puesto yo ahí, yo elijo, mando yo, pero te quedan geniales, admítelo. Sería más exacto decir que por ahora te quedan bien, pues tal vez dentro de diez años sean horribles y en lugar de graciosos agujeritos sean nidos de arrugas. No estaré yo aquí para verlo, eso te lo digo ya. Me agacho. Fallaste. Qué carácter tienes para no ser real. Como vuelvas a tirarme un cojín te cambio el perfil psicológico y puede que hasta el nombre, te pondré de nombre una consonante más común, como B. Ahora que lo pienso, B es la siguiente consonante a Z, es un patrón, una secuencia natural, pues la A es una vocal y no cuenta en la serie. Vaya rollo. Paso. Te cambio de consonante otra vez. De ahora en adelante, aunque seas el mismo, en lugar de Z, te llamaré T. Eso es. Me pone ese nombre, T.


Eres un mentiroso, T. Dijiste que yo iba a ser tu casa, eso dijiste. Sonaba genial cuando lo susurrabas jadeando en mi oído, «tú vas a ser mi casa, tú vas a ser mi casa». Lo dijiste dos veces. Yo te creí sólo una de las dos. Pero cuando estás dentro de mí piensas que te quedarás ahí para siempre. Y no. Cuando terminas sales por la ventana sin hacer mucho ruido y ya no recuerdas por qué habías llamado a mi puerta para entrar, no sabes qué haces aquí, no reconoces las cortinas ni comprendes la distribución de colores en el papel pintado de las paredes, ni los impresionistas, ni por qué Chagall sobre la cama, ni nada. No te enteras de nada cuando te has corrido. Así de claro te lo digo, T.

Sé que puedo decir cualquier cosa sobre ti, eso lo sé, y sobre nuestra casa. Eso también. Puedo hacer que tú me digas cosas que sean mentira. Como ahora. Que me digas que me quieres, «Te quiero, Madie» Puedo hacerte decir lo que me dé la gana, una autora es una especie de diosa omnipotente. Ándate con ojo.

Ahora te has acercado por la espalda, traidor, muerdes mi cuello. Estate quieto, joder. Te mando a la mierda. Cuando escribo estoy de mal humor, soy una diosa omnipotente y malhablada, tengo mala leche y lanzo rayos como Zeus. Y tú, ni caso. Tú a lo tuyo. Y lo tuyo soy yo. Me convences y nos vamos al sofá. No me dejas escribir. Ven aquí.

Sé que resulta raro preguntarle a un personaje acerca de un texto literario en el cual aparece, pero tu opinión sobre ti mismo me interesa mucho. Además, como soy la que escribe puedo decir lo que yo quiera, cualquier cosa. Ya lo he dicho. Me gusta dejar claro quien manda. Por ejemplo, quiero que digas de nuevo eso de «Tú eres mi casa». Puedo añadir que en ti habito, por dentro, no sólo cuando gimo de placer, sino también después, cuando te vas, cuando sales a la calle con esas gafas de sol tan grandes y no regresas en días o en años —no sé bien calcular el tiempo—. Y cuando no estás, añado, sigo yo dentro de ti, riego nuestras plantas, salgo al balcón, leo y rara vez me siento en el sofá si tú no estás, eso hago. No sé por qué demonios esto es así, pero mi casa y yo apenas hemos hablado de nuestras cosas si no estás presente como mediador. Mi casa y yo nos evitamos si no estás tú. Todo el mundo tiene algún amigo con el que se encuentra cómodo si, a la vez, está en compañía de un tercero, ambos son amigos indisociables, quedas siempre con los dos, no sabrías qué decirle a cada uno de ellos por separado, sin embargo eres feliz junto a ellos dos, sonríes, abrazas. Esta casa y tú sois esos dos amigos. Esta casa vacía eres tú si te has ido, y yo cuando vuelves. Esto último que he escrito sería una buena frase para cerrar el texto, es enigmática. Recuérdamelo. No sé exactamente qué significa, pero como puedo decir lo que quiera, pues ahí se queda, seguro que alguien la entiende, la hace suya. Escribir es ser un ventrílocuo, pulsar las teclas en vez de mover la boca de un muñeco al que has metido la mano por la espalda. Por ejemplo, ahora me apetece meterte mano y la mano, las dos cosas, tirarte de espaldas a la cama, y tú a reír. Calla, que me desconcentras. Pues claro que no puedo parar de hablar cuando lo hacemos, ¿no ves que soy escritora?, estoy tomando apuntes. Soy una especialista en finales, esa soy yo. No quiero que se malinterprete esto último. Describir una escena de sexo es tener sexo virtual, aunque también podríamos llamarlo sexo oral, si te lo cuento. Eso es muy ocurrente, pero odio los juegos de palabras cuando escribo. Carver y yo odiamos los juegos de palabras.

Cuando hace este viento hay una mujer invisible balanceándose en la mecedora de mi balcón. Soy yo, sentada, leyendo después de que haya amainado el poniente y sea de noche esta noche y no estés tú ya conmigo y sí la fachada de esa iglesia ahí enfrente, bien iluminada, anaranjada por las luces de tungsteno, un poco colonial, fantasmagórica y, a su alrededor, la ciudad parezca aún más rara de lo que es y no haya vida después de la muerte. O sea ésta.

Escribir un cuento con ese tono daría al lector una idea pesimista, triste e inexacta de mí y de mi obra, la gente pensaría que mi balcón es un sitio muy alto desde el cual puede verse la ciudad y que, cuando anochece y hace buen tiempo, salgo yo a la terraza a leer, a beber gin tónics y a escribir textos melancólicos como si yo fuera tan triste y tan borracha como Houellebecq por culpa de Houellebecq . Y no es así, porque yo ya era tan triste y tan borracha como él antes de leerlo a él. Todo su rollo melodramático no me ha influido lo más mínimo, hombres, yo nunca hablo del dolor, a mí no me duele nada, y si me doliera, que no me duele, vosotros no os enteraríais. Nadie se enteraría de mi dolor a través de mis palabras, ¿por qué? porque sé que alguno de vosotros lo usaría contra mí, probablemente algún conocido, incluso amigo, expareja o familiar, me lo restregaría, tarde o temprano, por la cara. Así funciona esto. La gente que te conoce es más peligrosa que los desconocidos, nadie a quien yo no quiera podría hacerme daño, me importarían un bledo sus opiniones, sería imposible que un desconocido pudiera fastidiarme de verdad, sería imposible, los desconocidos saben eso y no intentan joderte porque saben que no pueden, los desconocidos no son peligrosos, son gente muy amable. Los peligrosos son los demás, el resto, la gente a la que quieres y aprecias, esos son la clave del dolor. Querer a alguien te convierte en una mujer más débil. Cuanta más gente quieres, más expugnable eres, esto también es así. A estas alturas del texto ya sé que no sólo me he ganado la enemistad de la mitad de los lectores, sino que he desvelado el peligro que corro ante la piedad. Solo la compasión me produce más rechazo que la piedad.

Nadie podrá echarte en cara, llegado este punto, lector, que decidas abandonar la lectura —yo mismo no sé si seguiré escribiendo este texto—. Marcharse es de valientes. Los cobardes se quedan. Es muy fácil no moverse. La inercia es la fuerza más poderosa del universo, eso lo saben todos lo físicos, pero no lo dicen. Se callan en lugar de insistir en que es muy sencillo que todo quiera continuar en el estado en el que está. Hay que dar las gracias a cualquier alteración. Eso deberíamos de decirle a la gente que nos abandona, a nuestras exparejas, examigos, exalgo, gracias, de todo corazón gracias por haberme acompañado hasta aquí. Ah, una cosa te digo, lector, si te marchas, si dejas de leer, no sabrás qué pasa con T. Porque T es como todos los demás hombres, pero muy diferente. Es increíble la cantidad de gente que se nos parece, de hecho respondemos a lo sumo a una decena, tal vez a una veintena, de estereotipos. Somos aburridos, previsibles y, muchas de las autoras, pertenecemos al arquetipo autocompasivo, el más patético de todos. Por eso hemos de intentar escribir sobre la verdad, porque en ella reside la esperanza y la pasión, me encantan los principios, hay tanta fuerza en ellos, deberíamos estar siempre naciendo, empezando, deseando besar, perplejos y curiosos ante el fragmento inicial, ese que dice «Cuando hace este viento hay una mujer invisible balanceándose en la mecedora de mi balcón…» un fragmento distinto a todo lo que había escrito hasta ahora, simplemente porque es verdad, así de claro, y T también existe, es real. Madre mía, menuda palabra, verdad. Estoy harta, estoy cansada de la ficción, de las novelas en pasado y de los narradores omniscientes. Los narradores omniscientes siempre son un tío, su voz, aunque no exista nada más que en alguna zona cercana a tu hipotálamo, suena cavernosa, segura de sí, masculina. Todo eso se acabó.

No sé qué pasará con T, ni con esa mujer invisible balanceándose en la mecedora de mi balcón que soy yo, sentada, leyendo después de que haya amainado el poniente y sea de noche esta noche y no esté él ya conmigo y sí la fachada de esa iglesia ahí enfrente, bien iluminada, anaranjada por las luces de tungsteno, un poco colonial, fantasmagórica y, a su alrededor, la ciudad parezca aún más rara de lo que es y no haya vida después de la muerte. Si te soy sincera, no tengo ni la menor idea, es más, no me importa lo más mínimo y no tengo prisa en saberlo. El problema es la curiosidad, ¡qué más da lo que pase con T!, no puedo saberlo, el futuro llegará con el tiempo. Nos sentaremos a esperarlo. Al tiempo se le puede esperar sentada en una mecedora, y luego contarlo. Dos cosas antes de irme: primera, sí, hay vida después de la muerte y es ésta; segunda, escribir es contar la verdad, la que aún no ha ocurrido.

Juan Pardo Vidal

Cuando amainen los vientos. Antonio García Vargas

CUANDO AMAINEN LOS VIENTOS
Construyo mil paredes protectoras
—tapias emocionales que me ocultan—,
usando los ladrillos de mis versos.
Ante el horror diario se suicida el poema,
no es posible el poeta ni excelsa la palabra
al calor de los títeres.
La noche es monstruo gélido que busca un asidero
en tanto los lamentos se adueñan de los huertos.
En las desnudas ramas de los árboles
pájaros carpinteros compungidos
reniegan de sus picos pixelados.
Allá donde brotaba otrora la palabra
y el aire se asombraba del canto de las aves,
en verso se suicidan, uno a uno, exhaustos,
los silencios.
En la rota metáfora de un país que se inmola
desaparece al fin la longitud del tiempo.
Mas todo acaba, pasa la tormenta
y entonces solo queda mirarnos al espejo
de nuestra inconsistencia.
¿Todo final comienza en un principio?
¿Todo principio es fruto de un final
que se intuye a lo lejos?
¿El ciclo no se cierra ni se abre?
¿Existe acaso el tiempo?
Todo verso que inicia su escritura
procede de un poema ya pensado
por un demiurgo excéntrico
que juega con nosotros.
Lo pasaremos mal cuando después de idos
el dolor y la ira, nos quedemos solos
con nuestra cobardía.

Duelo al sol. Fernando Martínez López

Fernando Martínez López, es Escritor
y Profesor de Física y Química
(doctor en Química) en
 Duelo al sol  fue accésit del Premio Unicaja de relato 2013

Duelo al sol
La carta la firmaba Clint Eastwood. Fue lo único que entendió en aquel papel manuscrito en inglés, el que extrajo después de desgarrar el vientre de un sobre que, por el matasellos, debía de haber sobrevolado el Atlántico. ¿Qué demonios? ¡Clint Eastwood! A Pepe “El Habichuela” se le volvieron trémulas las manos y se le ahuecaron las tripas; su corazón sufrió el vértigo fulminante de saltar treinta años al pasado. Desentumeció su cuerpo conservado en formol y recuerdos y se colocó el uniforme: pañuelo del Oeste, sombrero de pistolero y placa de sheriff en el pecho. Con la carta doblada en un bolsillo, se dispuso a abandonar el centro de acogida.
-¿Dónde vas, Pepe?
-A dar un paseo, hermana Rosario.
-No tardes, que luego me tienes preocupada.
Pepe “El Habichuela” plantó los pies en la calle. Allí era otro: arrendijaba los ojos, con un dedo golpeaba el ala de su sombrero y cojeaba con las manos a la altura de las caderas como si estuviese a punto de desenfundar. La ciudad se convertía en un inmenso plató cinematográfico, reducían su tamaño los edificios, paredes de madera carcomida, el asfalto era tierra polvorienta, el sol cegaba y la música de Ennio Morricone surgía como banda sonora en su cerebro. Jamás dejaría de serlo, jamás, sheriff, pistolero, héroe o villano, por mucho tiempo que hubiese transcurrido desde los años gloriosos del spaguetti western alternando con Eastwood, Lee Van Cleef o Gian Maria Volonté, años sepultados en tierra del desierto y pólvora de bala. Él seguía habitando en esa época sin sospechar que también estaba sepultado, desvirtuada la realidad como a través de un vidrio grueso e imperfecto. De vez en cuando alguien lo saludaba, otros se apartaban, había algunos que sonreían llevándose el dedo índice a la sien y girándolo como un destornillador, imbéciles que se burlaban de un hombre con alma de algodón naufragado en sus recuerdos.
Antoñico “El Americano” gastaba los días viendo deshacerse las olas junto al cable Inglés, no había nada mejor que hacer en una vida en la que todo estaba cumplido y no restaba sino la resolución final. Allí lo encontró “El Habichuela”, como una figura marmórea apoyada en los hierros oxidados del cable. Lo saludó con un toque al ala de su sombrero y se sentó a su lado.
-Hoy las olas están cansadas, Pepe. Escucha cómo resoplan en la arena.
“El Habichuela” lo observó admirado. Antoñico sabía de idiomas, incluso el lenguaje de las olas, el viento y la lluvia.
-Tradúceme esta carta. Me la ha enviado Clint Eastwood.
“El Americano” la desdobló y extrajo su contenido. El ojo izquierdo lo guiñaba porque ese no sabía inglés. El derecho fue descifrando línea a línea.
-Sí, es de Clint Eastwood.
-¿Y qué dice, Antoñico, qué dice?
-Que tenéis un duelo pendiente desde hace treinta años. Te espera en el Mini Hollywood el viernes de la semana que viene, a las doce del mediodía. Ve armado.
Cojones con Clint. No olvidaba el maldito, todavía tenía en mente aquel duelo que debió enfrentarlos en El bueno, el feo y el malo y que nunca tuvo lugar por su ataque de apendicitis la noche anterior. Cuántas veces no se había lamentado delante de la hermana Rosario de que aquel imprevisto le había robado minutos de gloria ante las cámaras, sustituido por otro figurante torpe y sin clase. Él seguía siendo un fuera de serie, no perdonaba un día sin practicar el arte mecanizado de desenfundar, la flexión precisa de los brazos, el ataque de cobra de sus manos buscando las pistolas, el clic seco al apretar los gatillos, y allí, frente el espejo, estaba él, Pepe “El Habichuela”, figurante en decenas de películas de un Oeste de cartón piedra en el desierto de Tabernas, con más años, atacado por la artrosis, la cojera y la nostalgia, pobre como los perros callejeros, pero Pepe “El Habichuela”, con su barba, su pañuelo, su sombrero y una estrella de sheriff convertida en válvula imprescindible para que su corazón siguiera bombeando.
Aquella carta reactivó al viejo pistolero como si un soplo de viento fresco hubiera puesto en marcha las aspas oxidadas de un molino: volver a recorrer las calles del Mini Hollywood, dejar sus huellas impresas en la tierra a ritmo parsimonioso espantando los alacranes, la mirada clavada en el oponente, la pose chula para quedar inmortalizado en un trozo de celuloide. Como decía Antoñico “El Americano”, al final, cuando todo pase, sólo seremos recuerdos, y para “El Habichuela” ninguno como el que queda registrado en un rollo de película, ninguno como esa luz que acaricia las pantallas de cine manteniendo en vilo a los espectadores.
“Me ha escrito Clint Eastwood”, se ufanaba en el centro de acogida, y aquellos pobres tratados a palos por la vida se reían, tenían diversión garantizada durante un buen rato: “¡Vamos, ´Habichuela´, haznos una demostración!, ¡desenfunda!”, y Pepe era un rayo agarrando las pistolas de fogueo, crujiendo sus huesos al rodar por el suelo, vociferando ¡pum, pum! al apretar el gatillo. Otros, con menos entrañas, le cogían la carta y procuraban despintarle la ilusión de la cara, como los quitamanchas de la droguería Juanjo, y la traducían a su antojo: “Aquí dice que te measte de miedo y por eso no rodaste la escena del duelo”, o le decían que no estaba escrita en inglés, sino en francés amariconado y que le estaban tomando el pelo, hasta que la hermana Rosario llegaba resoplando como un búfalo y les prometía dejarlos a todos sin cigarrillos y sin chorizo en las lentejas, la hermana Rosario, sí, que quería a aquel hombre como se quiere a un niño desvalido.
-¿Usted, cree, hermana, que lo que dice esta carta es verdad? –le preguntó Pepe antes de retirarse al dormitorio, y ella le dio la vuelta al calcetín de su cara mostrando una bondad guardada en una hucha con candado.
-Confía en Dios, Pepe, que lo puede todo.
También le preguntaba a Antoñico “El Americano”, entretenido en contar las olas, tan convertido en estatua que incluso se dejaba cagar por las gaviotas del cable Inglés.
-Yo creo que es auténtica, “Habichuela”. Una caligrafía tan firme no es de persona mentirosa. –Y luego cerraba los ojos y lloraba hacia dentro, como si de pronto comprendiera que ya sólo había quedado para hablar con las olas y que eso, incluso eso, pronto pasaría.
La noche anterior al duelo, Pepe “El Habichuela” no durmió. Había lavado su camisa de cuadros y su pañuelo, había limpiado el sombrero y su estrella de sheriff brillaba más que los luceros celestiales. En una bolsa del Carrefour guardó el cinturón con las pistolas. Cuando amaneció el viernes recortó su barba, se refrescó la cara, contrajo el alma y, oscilando como un péndulo, se dirigió a la estación para tomar el autobús con destino a Tabernas. A la altura del Mini Hollywood se apeó cuando su reloj Casio indicaba las once y media.
-¿Ha venido Clint Eastwood?
El portero se encogió de hombros dejándole el paso libre, por favor, “Habichuela”, tú aquí cuando quieras, no tienes que pagar para entrar.
Internarse por las calles del poblado era como volver al seno materno, a la confortable flotabilidad amniótica. Allí habían transcurrido los mejores años de su vida que aún no entendía cómo se le pudieron escurrir como jabón húmedo, apuestos galanes, bellísimas actrices, gitanos de La Chanca disfrazados de pistoleros, fantasmas que recorrían los rincones y esquinas del poblado junto a los visitantes que a esa hora inspeccionaban curiosos unas instalaciones que eran como restos arqueológicos. Pepe cojeaba de un lado a otro con la excitación de quien espera una emboscada, preguntaba a los especialistas en puñetazos, ahorcamientos y galopes ecuestres que entretenían a los turistas, echó un vistazo en el saloon inmerso en ritmo de cancán, le dio tres vueltas al poblado y una vuelta de tuerca más a las dudas y a las chanzas de sus compañeros del centro de acogida. Ni rastro de Clint Eastwood, y ya habían dado las doce, la una y las dos, como en la canción verbenera de Joaquín Sabina. “El Habichuela” se sentó en las escaleras de acceso al saloon notando las grietas que lo rompían por dentro, las grietas que fracturaban ese vidrio grueso e imperfecto con el que desvirtuaba habitualmente la realidad, y ahora era como tener pimienta en los ojos y no veía sino un paisaje sucio, a un viejo loco y derrotado y un futuro sin días. Se le esfumaron las fuerzas de tal manera que superó a Antoñico “El Americano” en inmovilidad. Sólo una lágrima delató que aún seguía vivo.
No supo el tiempo que transcurrió, pero cuando pareció recobrar el sentido se percató de que estaba solo en el Mini Hollywood. El sol hería, la boca se le llenó de tierra y un viento silbante obligaba a rodar las zarzas secas. Creyó sufrir alucinaciones sonoras cuando la música de Ennio Morricone llegó a sus oídos, y entonces se dio cuenta de que en el otro extremo de la calle principal una apuesta figura vestida con poncho aguardaba impertérrita, la misma figura que retenía en sus neuronas desde hacía treinta años, la misma con la que tenía que haberse enfrentado de no ser por el inoportuno ataque de apendicitis. ¿Clint? ¿Eres tú de verdad? ¿No soy un pobre loco del que todo el mundo se ríe? Pepe “El Habichuela” se puso de pie, sacó su cinturón y las pistolas y dejó que el viento jugara con la bolsa de plástico del Carrefour. Ahora eran dos, uno enfrente del otro, soplidos de aire, canto de cigarras, Ennio Morricone, un par de cámaras de cine que aparecieron de pronto desde dos balcones y los especialistas y visitantes ocultos que se dejaron ver ribeteando la calle principal.
-¡Acción!
Vamos, Pepe, no defraudes, que se note tu temple, todos los años practicando, la flexión de brazos, el ataque de cobra a las pistolas, los ojos acerados, y su oponente tan inerte que creyó por un momento que se trataba de un recorte en cartón. ¿Quién atacaría primero? “Habichuela”, te han permitido recuperar tu momento perdido de gloria, no falles, ahora o nunca. Pepe fue rayo, Pepe fue treinta años de espera, Pepe fue sheriff, pistolero, héroe y villano, lo que siempre había sido aunque se extinguiera el spaguetti western, y cuando sus dos pistolas gritaron y exhalaron nubecillas de humo, su rival apenas había tenido tiempo de desenfundar desplomándose sobre algún alacrán.
-¡Corten!
La ovación fue atronadora. No podía creerlo: ¡Había vencido en su duelo al sol! La gente lo rodeó con parabienes y felicitaciones, un especialista lo aupó a hombros, un murmullo interfería con la banda sonora de su vida, así hasta que su rival se recompuso y se incorporó sacudiéndose el polvo. Volvió el silencio de las cigarras, a Pepe lo dejaron en el suelo y todos se apartaron. Las espuelas partían el aire con cada paso de su rival acercándose. “El Habichuela” temblaba de emoción y duda, intentando descifrar entre un mapa de arrugas el rostro que recordaba.
Congratulations, Pepe, you´re the best –le dijo tendiéndole la mano.
Eastwood, era él sin duda, sus ojos inconfundibles se habían salvado de la erosión del tiempo y ahora los tenía a tres palmos por encima de su cabeza. Eastwood, sí, el maldito y querido Clint que no olvidó que tenían pendientes un duelo bajo el sol de Tabernas. Cuánto se alegró ahora de haber practicado cada día intentando ser más rápido que su imagen espejeada, porque de lo contrario nunca habría vencido al protagonista infalible de El bueno, el feo y el malo.
Esa noche, al regresar al centro de acogida, nadie se rio de él cuando entró marcando ritmo metálico con las espuelas que le había regalado Clint, y cuando se situó frente al espejo antes de dormir, la mirada se le emocionó ante el tío más apuesto y valiente que jamás hubiera contemplado. A veces la vida es tan dulce como el algodón de feria o como una cereza que revienta entre los dientes. Dulce para ti, Pepe “El Habichuela”, duerme con una sonrisa esta noche, la que perdiste hace una eternidad cuando quebró el spaguetti westerndejándote en el limbo, la que perdiste cuando aquel coche te destrozó una pierna y quedaste cojo y tan solo como un muerto en un ataúd.
También era dulce la noche para la hermana Rosario. Antes de meterse en la cama rezó tres avemarías y un padrenuestro por el pecadillo que iba a cometer, el que de hecho ya estaba fabricando con el pensamiento, pero hay cosas tan inevitables que incluso en el cielo tienen que ser condescendientes. Tomó entre sus manos la fotografía de Clint Eastwood en pleno esplendor y le sonrió como al novio que nunca tuvo. Qué hombre, qué atractivo y, sobre todo, qué gran corazón. Jamás pensó que respondería a la carta que le envió cuando supo que rodaba en Europa, esa en la que le hacía saber que podía dar vida al corazón de un hombre al que casi se le detuvo el día que dejó de trabajar en las películas del Oeste, el mismo que tenía pendiente un duelo con él suspendido por un ataque de apendicitis. Y se había ofrecido a venir, generosamente. Sí, jamás lo hubiera pensado. “Gracias, Dios mío, y perdóname”, dijo la hermana Rosario acercando la fotografía a sus labios y besándola con devoción. A partir de ese día, además de a Pepe “El Habichuela”, incluiría en sus plegarias a Clint Eastwood.
Currículo:
Nacido en Jaén el 5 de marzo de 1966 y residente en Almería desde la infancia. Doctor en Ciencias Químicas y profesor de Educación Secundaria.
Publicaciones:
Ha publicado las novelas El sobre negro (2006), Sanchís y la reliquia sagrada (2006), Sanchís y el pergamino azul (2009) (las tres con Ed. Instituto de Estudios Almerienses), El rastro difuso (2009) y El mar sigue siendo azul (2011) (ambas con Ed. Baile del Sol) y Fresas amargas para siempre (2011, Ed. Ayuntamiento de Jumilla y 2014, Ed. Autores Premiados). En 2014 publicará Tu nombre con tinta de café (Ed. Algaida). Asimismo, sus relatos figuran en numerosas antologías colectivas.
Premios:
En la modalidad de novela ha sido ganador del XXXIII Premio de Novela “Felipe Trigo” (Villanueva de la Serena, Badajoz, 2013), finalista del XVI Premio de Novela “Fernando Lara” (Sevilla, 2011) y ganador del XXXI Premio de Novela Corta “Ciudad de Jumilla” (Jumilla, 2010).
En la modalidad de relato corto ha conseguido el primer premio en más de una veintena de certámenes entre los que destacan el “Santoña… la mar” (Cantabria, 2005), el “Alhaurín de la Torre” (Málaga, 2009), el “Ulises” (Sevilla, 2010), el “Café Compás” (2010), el “Villa de Colindres” (Cantabria, 2012), el “Villa de Torrecampo” (Córdoba, 2013) y ha obtenido segundos y terceros premios, accesits y condición de finalista en otro buen número de ellos, destacando el “Hucha de Oro” (Madrid, 2008), el Max Aub (Castellón, 2010 y 2011),“La Felguera” (Asturias, 2007, 2010 y 2011), el “Encarna León” (Melilla, 2013 y 2014), el “Unicaja de Relatos” (Málaga, 2013), el “Villa de Mazarrón” (Murcia, 2013 y 2014) y el Prix Hemingway (Nîmes, Francia, 2014).

Aquel dos de diciembre. Andrés Rubia

Aquel dos de Diciembre
Por Andrés Rubia

Aquel dos de Diciembre, con un ramo de flores robado en una mano, con las llaves en la otra, preferí llegar de nuevo a casa, rehusando tomar el ascensor por no ver mi cara de desolación durante el trayecto y contemplarme en el espejo como un miserable recién abandonado por su última musa… Metí la llave, abrí la puerta, me dirigí hacia el aparato, metí el cd, seleccioné el número, pulsé el play y, tras arrojarme a la cama como un suicida que lo hace al vacío, me quedé escuchando “el tiempo de la cerezas” de Bunbury.

¿Que si es posible unir suerte y fracaso desde el balcón de las incertidumbres?
DOS MESES ANTES:…Desde mi ventana sur, los había visto muchas tardes encontrarse en aquel banco del parque Céfiro.
Aquellas citas, apenas duraban más de veinte minutos.
Nada más verse, como si de un ceremonial protocolo se tratase, se besaban las mejillas, apagaban sus teléfonos móviles y hablaban circunspectos, intensos, respetuosos en cada turno de palabra. En ocasiones sonreían, o agachaban la vista, o se mantenían quedos con la mirada pensativa hacia el estanque, justo allí donde una sirena de basalto vertía desde su ánfora un chorro de agua malva sobre la fuente.
Alguno de esos días llovía y se cobijaban bajo un paraguas anaranjado. Sin embargo, durante otras tarde de primavera, comían garrapiñadas y echaban rosetas de maíz a las palomas. Ella recostaba la cabeza en su hombro mientras él le echaba el brazo por encima. Quedaban absortos, el uno al lado del otro. Luego ya no hablaban más hasta la hora de marchar. Ambos vestían juveniles, pero a ojo de confidente escritor, yo sabía que teñían canas.
Llegaba el momento. Unas veces, marchaban juntos cogidos de la mano, otras, se separaban con un abrazo, con las miradas clavadas, con los ojos rebosantes de trance y cariño, como si no tuviesen muy claro que hubiera una próxima vez. Una frase breve en los labios de ella, a continuación, el gesto profundo de silencio en él. Ignoro cómo lo intuí, pero aquello dolía por alguna razón que nunca supe ni sabré.
A consecuencia de un tour poético hispanoamericano por Canarias, debí ausentarme durante un mes y doce días de mi apartamento en el barrio de los Destinos. Sea verdad, que cuando el grupo de cantautores del Arrecife me lo propuso, elucidé una oportunidad para sacudir mi inspiración y tratar de lograr componer al menos una o dos canciones. Necesitaba aquello como un loco anhela un poco de cordura transitoria e intentar pisotear mi crisis creativa. No pude evitar imaginarme con mi guitarra sentado a la orilla volcánica de una playa vacía de Lanzarote. Siempre he creído que soñar es más de infelices que de hipócritas.
Me sentía pequeño, ladino y yermo durante esos días. Mi proceso artístico musical llevaba tres meses en coma profundo, tan desértico y blanco como el valor catastral de un kilómetro cuadrado de luna.
Durante ese periodo alejado de mi pequeño apartamento, sucedieron cinco accidentes aéreos en el mundo, habían salido a la luz siete nuevos casos de corrupción en Cataluña, Andalucía y Madrid.
Un monologuista valenciano y su amante, el batería de un conocido grupo de soul, habían sido vilmente asesinados en la habitación de un hotel de Capri.
Se confiscaron diez alijos entre cocaína y hachís en una humilde aldea de la costa gallega.
En Jerusalén, Netanyahu, el primer ministro israelí, es asesinado en circunstancias paranormales por un niño palestino, quien a continuación se inmoló. Realizada la autopsia y el análisis de ADN, la identidad coincidía inexplicablemente con la de uno de los seis menores fallecidos durante el bombardeo a una escuela refugio de la ONU en Gaza, dos semanas antes del insólito homicidio.
La hija menor de mi vecina, Guillermina la del quinto, de diecisiete años, había abortado por segunda vez.
David Bisbal, obtenía un grammy por su álbum dedicado a mi persona, “El poeta olvidado”.
El gobierno español había implantado cinco nuevos impuestos, uno de ellos para los pintores y artistas que hiciesen pública su obra. Había subido al veintitrés por cierto el iva, la gasolina en un ocho más, y el ministro de economía había salvado la vida por los pelos tras un atentado terrorista en la Moncloa, donde treinta personas habían perecido, entre ellas, Jorge Javier Vázquez, el presentador del programa con más audiencia en Telecinco.
Pero también se dieron buenas noticias: Estados Unidos acababa de levantar el bloqueo a Cuba. La Nasa había descubierto un planeta con similares características al nuestro donde, la vida humana era posible; y además, se había ratificado la global prohibición para la fabricación de armas nucleares en todo el mundo. Corea del Norte había sido el último país en firmar.
Regresé un 21 de Noviembre a la península, a mi barrio de Los Destinos, a mi casa de la calle Destierro con vistas al parque Céfiro.
He de confesarlo. Los echaba de menos.
Estuve asomándome casi todas las tardes, pero algo sucedía. Él comenzaba a no acudir a todas las citas. Ella siempre lo hacía. Se sentaba en el mismo banco, miraba su teléfono, lo apagaba y permanecía alrededor de media hora esperando a que ocurriese algo, con la mirada puesta en aquella sirena que ahora ya vertía el agua con menos intensidad, más clara sobre la fuente. La bombilla del foco malva debía haberse fundido, y el ayuntamiento, probablemente, carecía de presupuesto para cambiarlo.
Debo reconocer que durante una semana y tres días, un sentimiento de curiosidad, de nostalgia y angustia, anduvo pertrechando mi corazón.
Aquel dos de Diciembre hacía frío, y aunque ella, fiel a donde siempre, sí acudió, supe que sería la última vez que lo haría. Cuando se marchó bajé a ver qué era lo que había estado labrando con un pequeño punzón en ese banco, el cual, durante tantas tardes de Mayo, había sido testimonial escenario de una historia tanto bella como extraña.
No era excesivamente grande. El ramo llevaba petunias, claveles, una flor del paraíso y una rosa intensamente hermosa y roja. En la madera del asiento había dejado escrito algo:
Duró lo que duró. Dure lo que dure el dolor… Jamás pondré en duda que haberte conocido no haya merecido la pena. Yo bendigo este rincón del universo donde fuimos dos desconocidos por primera vez.”
Aquel dos de Diciembre, con el ramo de flores robado en una mano, con las llaves en la otra, preferí llegar de nuevo a casa, rehusando tomar el ascensor por no ver mi cara de desolación, por no contemplarme en el espejo como un miserable recién abandonado por su última musa… Metí la llave, abrí la puerta, me dirigí hacia el aparato, metí el cd, seleccioné el número, pulsé el play y, tras arrojarme a la cama como un suicida que lo hace al vacío, me quedé escuchando “el tiempo de la cerezas” de Bunbury. 
 
Por Andrés Rubia

Cómo aflora un recuerdo. Antonio García Vargas

a Lewis Thomas, sabio amigo—



A veces, de la Nada, rescato un ciervo herido
con su limpia mirada preguntando el porqué
de las cosas más simples.
Me descuelgo en la tarde pecadora de ayer
soñando con tus senos que, ingrávidos, al viento,
apuntaban directo al centro de mis dudas.
Y mis ruedas se ponen todas en movimiento,
mi mente se satura de momentos pasados
y me instalo en la gnosis de lo que fue y no es
buscando entre los pliegues profundos del cerebro
la conexión oscura de antiguos receptores
con algún linfocito, jugando con su antígeno,
para ver si consigo ese magno espectáculo
de dibujar en sepia retráctiles momentos.
Noto cómo la célula que habita en mi pregunta
se agita, se agiganta, rehace su adeene
y se hace linfoblasto.
Después se subdivide en células idénticas,
receptoras y hermosas, con la misma pregunta,
con la misma respuesta; ¡con todas las respuestas
a todas mis preguntas!
Y noto alborozado que la nueva colonia
de forma evanescente que surge y me rescata
mostrándome en un Todo que brota de mi Nada…
es un lindo recuerdo:
¡Un recuerdo de amor! ¡Nada más! ¡Nada menos!



Metamorfosis. Pilar Quirosa

METAMORFOSIS
(Versión Posivídeo)
Un día soñé con alcanzar
tardíos añiles de alborada,
con levantar la vista
hacia lejanos mares ignotos
y navegar por sus aguas.
Hoy como ayer, dríade Daphne
alcanzando el horizonte,
lejos de la tiranía del abrazo,
de las huellas atrapadas
en la tortura del camino.
Llamando a la yedra
por su nombre,
para que contemple mi sangre
recién amanecida.
Ahora que brota la savia
acompasada de latidos,
lejos del tortuoso lago
gris de la inmundicia.
Hoy, al fin,
donde fluye la vida, donde alcanza
la certeza del árbol,
convertidos los cabellos en hojas,
los brazos en ramas,
los pies en raíces.
Hoy, a tu lado estoy,
ninfa de los árboles, hija de la tierra,
por siempre un capítulo enterrado,
un espacio de libertad compartida.

Ficción Perpetua. José Antonio Santano

 

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Título: Ficción perpetua
Autor: José María Merino
Edita: Menoscuarto (Palencia, 2014)

Libro de libros podríamos definir a Ficción perpetua, del escritor y académico José María Merino. Con una cuidada edición y en la colección Cristal de cuarzo, dirigida por Fernando Valls, Menoscuarto nos proporciona, una vez más, la posibilidad de disfrutar de un ensayo literario de extraordinario valor, en el que la observancia de la realidad literaria actual, junto al estudio de las obras esenciales y la opinión sobre otras cuestiones, tales como la enseñanza de la lengua y la literatura, a través de las conferencias pronunciadas por su autor, alientan su lectura.Ficción perpetua es un ensayo literario de hondo calado, consecuencia no sólo por la atenta mirada del gran escritor contemporáneo que es su autor, sino, y esto sea quizá lo más importante, por el ávido y exigente lector que demuestra ser, razón de peso esta si tenemos en cuenta que late en todas y cada una de sus páginas la curiosidad y el continuo deseo de saber a través de los libros, persuadiéndonos así de la importancia del libro –de la lectura- en la vida de los seres humanos.

Aunque a José María Merino (La Coruña, 1941) se le conoce más por su faceta de escritor de cuentos, relatos o novelas, este libro viene a revelarnos que también Merino es un excelente ensayista, capaz de hipnotizarnos con sus profundas reflexiones sobre todo lo relacionado con el libro, la lengua y la literatura, y más concretamente sobre el cuento como género literario marginal. 

 Divide José María Merino Ficción perpetua en dos bloques temáticas o partes fundamentales. En la primera, titulada “En el país de todos los libros”, reproduce textos de las charlas o conferencias llevadas a cabo a lo largo de dos décadas. Del contenido de esta primera parte destacaría artículos tales como “Diez jornadas en la isla”, donde Merino náufrago recupera algunos de los libros más importantes en su vida (diccionarios y enciclopedias, Heidi, El Quijote; la poesía de Bécquer, Rosalía de Castro, Darío, A. Machado, Rojo y Negro, , etc.); “Una identidad desatada”, que plantea el problema de la lengua española: empobrecimiento léxico, ensimismamiento en las particularidades regionales, el alejamiento de las nuevas generaciones de la palabra escrita en los libros –idea del libro como instrumento arcaico-, “El cuento de contar”, que pone el acento en la importancia de la literatura oral, “Los límites de la ficción”, (metaliteratura, la ficción en la ficción, metaliteratura y realidad), “Las miradas de la invención novelesca”, “Tres reflexiones quijotescas”, en el que explica la razón del éxito de El Quijote, que considera un clásico «porque a los lectores contemporáneos nos siguen interesando y conmoviendo las aventuras desastrosas de sus personajes, y dándonos ejemplo de lo que es vivir y lo que es soñar», o, “Cinco reflexiones sobre la lectura”, texto con el que Merino, a partir de su propia experiencia y vivencias nos acerca al universo mágico de la palabra escrita; en ella hallamos razones y sensaciones, porque la lectura es un viaje hacia mundos desconocidos y misteriosos. De ahí que se afirme: «Los libros mueren cuando ya no encuentran en el lector el eco de una emoción directa en los estético y en lo vital», o, a modo de conclusión: «Muchos creen, todavía en la falacia aristotélica, que solo en la Historia está el archivo seguro de nuestras circunstancias, pero el más certero registro de lo que caracteriza a la especie humana, donde verdaderamente se encuentra la historia de nuestro corazón a lo largo de los milenios, es en la literatura, constituida desde la capacidad simbólica que nos identifica. Leer nos da acceso al gran espacio de la imaginación reveladora: el país de lo que somos, el territorio de lo que sentimos».

La segunda parte, “De autores y ficciones”, contiene artículos publicados en diversas revistas literarias, en los que trata unas veces la obra de autores clásicos (Dikens, Maupassant, Potocki, Menéndez Pelayo, Chéjov, Unamuno…) o sobre la narrativa actual española. En cada uno de estos artículos hallará el lector algunas de las claves que han hecho que obra y autor estén en un lugar destacado de la literatura universal. Ficción perpetua viene a ocupar el lugar que merece dentro del género ensayístico y José María Merino, su autor, nos devuelve la esperanza en la literatura como fuente inagotable de vida.