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He leído el libro de Martín Giráldez como el lector que soy: un lector que llena los libros de anotaciones, subrayados, diagramas, referencias, mapas y dibujos. Como las pizarras de mis clases. Un crítico actual diría que leo “como me sale de la polla”. Sí, muy bien. Yo soy más clásico, menos joven, y diría que leo dentro de la historia literaria porque no sé leer de otra manera y porque no me sale de la polla leer de otra manera. La historia literaria, para entendernos, era eso que le interesaba a Bolaño, algo que a nadie parece importar ya, que no se sabe para qué sirve, pero que todo el mundo más o menos conoce gracias al concurso Saber y Ganar.
Como soy menos joven he aprendido mucho de los libros que escribió un tal Claudio Guillén, que a su vez había leído a un ruso desterrado en Siberia llamado Mijaíl Bajtín, un friki interesado por la transición de la Edad Media al Renacimiento en las letras europeas. En esos libros aprendí cosas que no sirven para nada, cosas como la siguiente: hay épocas o escritores, por ejemplo Virgilio, Petronio, Cervantes o Joyce, en que la saturación de modelos fundamenta una crisis creadora, y, por tanto, no hay literatura sin aceptación, realización, transformación o transgresión de los modelos.
El asunto es como sigue: el padre de Bogdano, que ha confundido realidad y trabajo, concibió una vía pedagógica para sus hijos que desarrolló en las llamadas «siestas del despotismo», también llamadas «siestas fundacionales», o «siestas revolucionarias». Esa «educación híbrida» consistió en un constante dar gato por liebre: cambió las cubiertas y las portadas de los libros para así leer Raíces como si Bogdano y su hermano estuvieran leyendo Los papeles póstumos del club Pickwick, o leer las novelas de Pearl S. Buck creyendo que estaban leyendo las obras completas de Hölderlin. El objetivo del padre de Bogdano era loable: proteger a sus hijos del contacto con los grandes, evitar que crecieran convencidos de pertenecer a una aristocracia de las artes, las letras y el pensamiento. El padre de Bogdano es la viva imagen del enemigo de la pedagogía elitista, antiorteguiano como él solo. El asunto es que Bogdano, habiendo sido instruido en la mistificación premeditada de su padre, participará en un concurso radiofónico en una época posterior a la electricidad. Un concurso llamado El peinado de Calígula que consiste en perseguir y derribar ídolos, ridiculizarlos, cabalgarlos y domarlos. El problema es que nadie es quien parece, todo está confundido de tal modo que da igual si el ídolo es Lucía Joyce o Kim Basinger. Antonin Artaud y su Heliogábalo se confunden con Billy Warlock y la película por él protagonizada, Society, una película de terror serie b de los ochenta dirigida por Brian Yuzna que he vuelto a ver estos días (esta frase es fundamental ya que en realidad la he visto por primera vez, pero ya sabéis que este de la cultura es el reino por excelencia de la impostura y esa frase: «la he vuelto a ver» o «la he revisitado» es una de las favoritas de todo enterado). El caso es que los concursantes y el presentador van montados a caballo. Todo en El peinado de Calígula es un poco abstracto, hay que imaginar, hay que fantasear con esa continua persecución de mitos culturales y las humillaciones a las que son sometidos. Como en Society, la película que he vuelto a ver y os recomiendo, parece que detrás de todo hay una generalizada y siniestra lucha de clases, o de especies, en la que los ricos se comen a los pobres.






