Fernando Martínez López, es Escritor
y Profesor de Física y Química
(doctor en Química) en
y Profesor de Física y Química
(doctor en Química) en
Duelo al sol fue accésit del Premio Unicaja de relato 2013
Duelo al sol
La carta la firmaba Clint Eastwood. Fue lo único que entendió en aquel papel manuscrito en inglés, el que extrajo después de desgarrar el vientre de un sobre que, por el matasellos, debía de haber sobrevolado el Atlántico. ¿Qué demonios? ¡Clint Eastwood! A Pepe “El Habichuela” se le volvieron trémulas las manos y se le ahuecaron las tripas; su corazón sufrió el vértigo fulminante de saltar treinta años al pasado. Desentumeció su cuerpo conservado en formol y recuerdos y se colocó el uniforme: pañuelo del Oeste, sombrero de pistolero y placa de sheriff en el pecho. Con la carta doblada en un bolsillo, se dispuso a abandonar el centro de acogida.
-¿Dónde vas, Pepe?
-A dar un paseo, hermana Rosario.
-No tardes, que luego me tienes preocupada.
Pepe “El Habichuela” plantó los pies en la calle. Allí era otro: arrendijaba los ojos, con un dedo golpeaba el ala de su sombrero y cojeaba con las manos a la altura de las caderas como si estuviese a punto de desenfundar. La ciudad se convertía en un inmenso plató cinematográfico, reducían su tamaño los edificios, paredes de madera carcomida, el asfalto era tierra polvorienta, el sol cegaba y la música de Ennio Morricone surgía como banda sonora en su cerebro. Jamás dejaría de serlo, jamás, sheriff, pistolero, héroe o villano, por mucho tiempo que hubiese transcurrido desde los años gloriosos del spaguetti western alternando con Eastwood, Lee Van Cleef o Gian Maria Volonté, años sepultados en tierra del desierto y pólvora de bala. Él seguía habitando en esa época sin sospechar que también estaba sepultado, desvirtuada la realidad como a través de un vidrio grueso e imperfecto. De vez en cuando alguien lo saludaba, otros se apartaban, había algunos que sonreían llevándose el dedo índice a la sien y girándolo como un destornillador, imbéciles que se burlaban de un hombre con alma de algodón naufragado en sus recuerdos.
Antoñico “El Americano” gastaba los días viendo deshacerse las olas junto al cable Inglés, no había nada mejor que hacer en una vida en la que todo estaba cumplido y no restaba sino la resolución final. Allí lo encontró “El Habichuela”, como una figura marmórea apoyada en los hierros oxidados del cable. Lo saludó con un toque al ala de su sombrero y se sentó a su lado.
-Hoy las olas están cansadas, Pepe. Escucha cómo resoplan en la arena.
“El Habichuela” lo observó admirado. Antoñico sabía de idiomas, incluso el lenguaje de las olas, el viento y la lluvia.
-Tradúceme esta carta. Me la ha enviado Clint Eastwood.
“El Americano” la desdobló y extrajo su contenido. El ojo izquierdo lo guiñaba porque ese no sabía inglés. El derecho fue descifrando línea a línea.
-Sí, es de Clint Eastwood.
-¿Y qué dice, Antoñico, qué dice?
-Que tenéis un duelo pendiente desde hace treinta años. Te espera en el Mini Hollywood el viernes de la semana que viene, a las doce del mediodía. Ve armado.
Cojones con Clint. No olvidaba el maldito, todavía tenía en mente aquel duelo que debió enfrentarlos en El bueno, el feo y el malo y que nunca tuvo lugar por su ataque de apendicitis la noche anterior. Cuántas veces no se había lamentado delante de la hermana Rosario de que aquel imprevisto le había robado minutos de gloria ante las cámaras, sustituido por otro figurante torpe y sin clase. Él seguía siendo un fuera de serie, no perdonaba un día sin practicar el arte mecanizado de desenfundar, la flexión precisa de los brazos, el ataque de cobra de sus manos buscando las pistolas, el clic seco al apretar los gatillos, y allí, frente el espejo, estaba él, Pepe “El Habichuela”, figurante en decenas de películas de un Oeste de cartón piedra en el desierto de Tabernas, con más años, atacado por la artrosis, la cojera y la nostalgia, pobre como los perros callejeros, pero Pepe “El Habichuela”, con su barba, su pañuelo, su sombrero y una estrella de sheriff convertida en válvula imprescindible para que su corazón siguiera bombeando.
Aquella carta reactivó al viejo pistolero como si un soplo de viento fresco hubiera puesto en marcha las aspas oxidadas de un molino: volver a recorrer las calles del Mini Hollywood, dejar sus huellas impresas en la tierra a ritmo parsimonioso espantando los alacranes, la mirada clavada en el oponente, la pose chula para quedar inmortalizado en un trozo de celuloide. Como decía Antoñico “El Americano”, al final, cuando todo pase, sólo seremos recuerdos, y para “El Habichuela” ninguno como el que queda registrado en un rollo de película, ninguno como esa luz que acaricia las pantallas de cine manteniendo en vilo a los espectadores.
“Me ha escrito Clint Eastwood”, se ufanaba en el centro de acogida, y aquellos pobres tratados a palos por la vida se reían, tenían diversión garantizada durante un buen rato: “¡Vamos, ´Habichuela´, haznos una demostración!, ¡desenfunda!”, y Pepe era un rayo agarrando las pistolas de fogueo, crujiendo sus huesos al rodar por el suelo, vociferando ¡pum, pum! al apretar el gatillo. Otros, con menos entrañas, le cogían la carta y procuraban despintarle la ilusión de la cara, como los quitamanchas de la droguería Juanjo, y la traducían a su antojo: “Aquí dice que te measte de miedo y por eso no rodaste la escena del duelo”, o le decían que no estaba escrita en inglés, sino en francés amariconado y que le estaban tomando el pelo, hasta que la hermana Rosario llegaba resoplando como un búfalo y les prometía dejarlos a todos sin cigarrillos y sin chorizo en las lentejas, la hermana Rosario, sí, que quería a aquel hombre como se quiere a un niño desvalido.
-¿Usted, cree, hermana, que lo que dice esta carta es verdad? –le preguntó Pepe antes de retirarse al dormitorio, y ella le dio la vuelta al calcetín de su cara mostrando una bondad guardada en una hucha con candado.
-Confía en Dios, Pepe, que lo puede todo.
También le preguntaba a Antoñico “El Americano”, entretenido en contar las olas, tan convertido en estatua que incluso se dejaba cagar por las gaviotas del cable Inglés.
-Yo creo que es auténtica, “Habichuela”. Una caligrafía tan firme no es de persona mentirosa. –Y luego cerraba los ojos y lloraba hacia dentro, como si de pronto comprendiera que ya sólo había quedado para hablar con las olas y que eso, incluso eso, pronto pasaría.
La noche anterior al duelo, Pepe “El Habichuela” no durmió. Había lavado su camisa de cuadros y su pañuelo, había limpiado el sombrero y su estrella de sheriff brillaba más que los luceros celestiales. En una bolsa del Carrefour guardó el cinturón con las pistolas. Cuando amaneció el viernes recortó su barba, se refrescó la cara, contrajo el alma y, oscilando como un péndulo, se dirigió a la estación para tomar el autobús con destino a Tabernas. A la altura del Mini Hollywood se apeó cuando su reloj Casio indicaba las once y media.
-¿Ha venido Clint Eastwood?
El portero se encogió de hombros dejándole el paso libre, por favor, “Habichuela”, tú aquí cuando quieras, no tienes que pagar para entrar.
Internarse por las calles del poblado era como volver al seno materno, a la confortable flotabilidad amniótica. Allí habían transcurrido los mejores años de su vida que aún no entendía cómo se le pudieron escurrir como jabón húmedo, apuestos galanes, bellísimas actrices, gitanos de La Chanca disfrazados de pistoleros, fantasmas que recorrían los rincones y esquinas del poblado junto a los visitantes que a esa hora inspeccionaban curiosos unas instalaciones que eran como restos arqueológicos. Pepe cojeaba de un lado a otro con la excitación de quien espera una emboscada, preguntaba a los especialistas en puñetazos, ahorcamientos y galopes ecuestres que entretenían a los turistas, echó un vistazo en el saloon inmerso en ritmo de cancán, le dio tres vueltas al poblado y una vuelta de tuerca más a las dudas y a las chanzas de sus compañeros del centro de acogida. Ni rastro de Clint Eastwood, y ya habían dado las doce, la una y las dos, como en la canción verbenera de Joaquín Sabina. “El Habichuela” se sentó en las escaleras de acceso al saloon notando las grietas que lo rompían por dentro, las grietas que fracturaban ese vidrio grueso e imperfecto con el que desvirtuaba habitualmente la realidad, y ahora era como tener pimienta en los ojos y no veía sino un paisaje sucio, a un viejo loco y derrotado y un futuro sin días. Se le esfumaron las fuerzas de tal manera que superó a Antoñico “El Americano” en inmovilidad. Sólo una lágrima delató que aún seguía vivo.
No supo el tiempo que transcurrió, pero cuando pareció recobrar el sentido se percató de que estaba solo en el Mini Hollywood. El sol hería, la boca se le llenó de tierra y un viento silbante obligaba a rodar las zarzas secas. Creyó sufrir alucinaciones sonoras cuando la música de Ennio Morricone llegó a sus oídos, y entonces se dio cuenta de que en el otro extremo de la calle principal una apuesta figura vestida con poncho aguardaba impertérrita, la misma figura que retenía en sus neuronas desde hacía treinta años, la misma con la que tenía que haberse enfrentado de no ser por el inoportuno ataque de apendicitis. ¿Clint? ¿Eres tú de verdad? ¿No soy un pobre loco del que todo el mundo se ríe? Pepe “El Habichuela” se puso de pie, sacó su cinturón y las pistolas y dejó que el viento jugara con la bolsa de plástico del Carrefour. Ahora eran dos, uno enfrente del otro, soplidos de aire, canto de cigarras, Ennio Morricone, un par de cámaras de cine que aparecieron de pronto desde dos balcones y los especialistas y visitantes ocultos que se dejaron ver ribeteando la calle principal.
-¡Acción!
Vamos, Pepe, no defraudes, que se note tu temple, todos los años practicando, la flexión de brazos, el ataque de cobra a las pistolas, los ojos acerados, y su oponente tan inerte que creyó por un momento que se trataba de un recorte en cartón. ¿Quién atacaría primero? “Habichuela”, te han permitido recuperar tu momento perdido de gloria, no falles, ahora o nunca. Pepe fue rayo, Pepe fue treinta años de espera, Pepe fue sheriff, pistolero, héroe y villano, lo que siempre había sido aunque se extinguiera el spaguetti western, y cuando sus dos pistolas gritaron y exhalaron nubecillas de humo, su rival apenas había tenido tiempo de desenfundar desplomándose sobre algún alacrán.
-¡Corten!
La ovación fue atronadora. No podía creerlo: ¡Había vencido en su duelo al sol! La gente lo rodeó con parabienes y felicitaciones, un especialista lo aupó a hombros, un murmullo interfería con la banda sonora de su vida, así hasta que su rival se recompuso y se incorporó sacudiéndose el polvo. Volvió el silencio de las cigarras, a Pepe lo dejaron en el suelo y todos se apartaron. Las espuelas partían el aire con cada paso de su rival acercándose. “El Habichuela” temblaba de emoción y duda, intentando descifrar entre un mapa de arrugas el rostro que recordaba.
–Congratulations, Pepe, you´re the best –le dijo tendiéndole la mano.
Eastwood, era él sin duda, sus ojos inconfundibles se habían salvado de la erosión del tiempo y ahora los tenía a tres palmos por encima de su cabeza. Eastwood, sí, el maldito y querido Clint que no olvidó que tenían pendientes un duelo bajo el sol de Tabernas. Cuánto se alegró ahora de haber practicado cada día intentando ser más rápido que su imagen espejeada, porque de lo contrario nunca habría vencido al protagonista infalible de El bueno, el feo y el malo.
Esa noche, al regresar al centro de acogida, nadie se rio de él cuando entró marcando ritmo metálico con las espuelas que le había regalado Clint, y cuando se situó frente al espejo antes de dormir, la mirada se le emocionó ante el tío más apuesto y valiente que jamás hubiera contemplado. A veces la vida es tan dulce como el algodón de feria o como una cereza que revienta entre los dientes. Dulce para ti, Pepe “El Habichuela”, duerme con una sonrisa esta noche, la que perdiste hace una eternidad cuando quebró el spaguetti westerndejándote en el limbo, la que perdiste cuando aquel coche te destrozó una pierna y quedaste cojo y tan solo como un muerto en un ataúd.
También era dulce la noche para la hermana Rosario. Antes de meterse en la cama rezó tres avemarías y un padrenuestro por el pecadillo que iba a cometer, el que de hecho ya estaba fabricando con el pensamiento, pero hay cosas tan inevitables que incluso en el cielo tienen que ser condescendientes. Tomó entre sus manos la fotografía de Clint Eastwood en pleno esplendor y le sonrió como al novio que nunca tuvo. Qué hombre, qué atractivo y, sobre todo, qué gran corazón. Jamás pensó que respondería a la carta que le envió cuando supo que rodaba en Europa, esa en la que le hacía saber que podía dar vida al corazón de un hombre al que casi se le detuvo el día que dejó de trabajar en las películas del Oeste, el mismo que tenía pendiente un duelo con él suspendido por un ataque de apendicitis. Y se había ofrecido a venir, generosamente. Sí, jamás lo hubiera pensado. “Gracias, Dios mío, y perdóname”, dijo la hermana Rosario acercando la fotografía a sus labios y besándola con devoción. A partir de ese día, además de a Pepe “El Habichuela”, incluiría en sus plegarias a Clint Eastwood.
Currículo:
Nacido en Jaén el 5 de marzo de 1966 y residente en Almería desde la infancia. Doctor en Ciencias Químicas y profesor de Educación Secundaria.
Publicaciones:
Ha publicado las novelas El sobre negro (2006), Sanchís y la reliquia sagrada (2006), Sanchís y el pergamino azul (2009) (las tres con Ed. Instituto de Estudios Almerienses), El rastro difuso (2009) y El mar sigue siendo azul (2011) (ambas con Ed. Baile del Sol) y Fresas amargas para siempre (2011, Ed. Ayuntamiento de Jumilla y 2014, Ed. Autores Premiados). En 2014 publicará Tu nombre con tinta de café (Ed. Algaida). Asimismo, sus relatos figuran en numerosas antologías colectivas.
Premios:
En la modalidad de novela ha sido ganador del XXXIII Premio de Novela “Felipe Trigo” (Villanueva de la Serena, Badajoz, 2013), finalista del XVI Premio de Novela “Fernando Lara” (Sevilla, 2011) y ganador del XXXI Premio de Novela Corta “Ciudad de Jumilla” (Jumilla, 2010).
En la modalidad de relato corto ha conseguido el primer premio en más de una veintena de certámenes entre los que destacan el “Santoña… la mar” (Cantabria, 2005), el “Alhaurín de la Torre” (Málaga, 2009), el “Ulises” (Sevilla, 2010), el “Café Compás” (2010), el “Villa de Colindres” (Cantabria, 2012), el “Villa de Torrecampo” (Córdoba, 2013) y ha obtenido segundos y terceros premios, accesits y condición de finalista en otro buen número de ellos, destacando el “Hucha de Oro” (Madrid, 2008), el Max Aub (Castellón, 2010 y 2011),“La Felguera” (Asturias, 2007, 2010 y 2011), el “Encarna León” (Melilla, 2013 y 2014), el “Unicaja de Relatos” (Málaga, 2013), el “Villa de Mazarrón” (Murcia, 2013 y 2014) y el Prix Hemingway (Nîmes, Francia, 2014).

